Chapter 7
El 37% seguía flotando sobre su nombre cuando Mateo cruzó la línea de luz de la sala de verificación. No había terminado de respirar después de la última lectura y ya sentía el filo nuevo: la Academia no solo lo estaba mirando, ahora lo estaba midiendo con regla ajena. Frente a todos, el tablero principal mostraba la cuenta viva de Doña Elvira Aranda con el sello de transferencia ardiendo al costado: cinco noches.
Cinco noches para que aquello desapareciera en manos de un comprador privado.
Mateo no apartó la vista del nombre de su tía. Tenía la mandíbula dura, el pecho aún caliente por la pulsación del Núcleo de Velo, y una idea simple clavada como una astilla: si dejaba que el caso se cerrara ahí, todo el ruido de estos días habría servido solo para humillarlo en público antes de enterrarlo en silencio.
Tomás Varela ya estaba detrás de la mesa de mérito, recto, de manos quietas. No parecía irritado; parecía peor. Parecía un hombre decidido a que el orden siguiera respirando aunque alguien se ahogara en el proceso.
—Aranda —dijo sin levantar la voz—. Su solicitud de lectura ya fue atendida. Cualquier nueva intervención fuera del cauce será considerada interrupción formal.
Mateo sintió la mirada de las bancas laterales, de los alumnos que venían a mirar un problema ajeno porque la desgracia siempre se volvía espectáculo si estaba bien iluminada. También sintió a Iria Salcedo antes de verla: esa clase de presencia que no entra en una sala, la ocupa.
—Entonces lea todo —dijo Mateo, y su propia voz sonó más baja de lo que quería, pero igual de firme—. No solo el fragmento. La cadena completa.
El murmullo fue inmediato.
Tomás no respondió de inmediato. Iria sí. Estaba a un lado del tablero ampliado, impecable, la postura de quien sabe exactamente cuánto espacio le concede a los demás antes de cerrárselo en la cara.
—Qué ambicioso —dijo, y no necesitó subir el tono para que todos la oyeran—. Quiere una cadena superior, recursos, acceso y protección… por una cuenta de su familia que todavía ni entiende. ¿O ahora también nos va a vender que la Academia conspira por deporte?
Mateo no le dio el gusto de girarse hacia ella. Mantuvo la vista en el tablero, donde la línea de contrato temblaba como una vena expuesta.
Entonces Sofía Luján, que había permanecido casi inmóvil al borde de la mesa de lectura, dio un paso al frente.
No era una alumna dada al teatro. Por eso mismo su voz cayó sobre la sala como un metal limpio.
—No es deporte. Es un puente.
Levantó dos dedos y proyectó la traza secundaria encima del enlace principal. La línea azul se estiró por el aire, cruzó el salón y se clavó en la cuenta viva de Doña Elvira Aranda con una precisión que hizo callar a la gente de golpe.
—Aquí —dijo Sofía—. Enlace secundario no consignado. Activo. La firma de acceso no pertenece al registro local.
Algunos inclinaron el cuerpo hacia delante, como si eso hiciera más clara la lectura. Otros retrocedieron un poco, por puro instinto. Mateo vio cómo el color del tablero cambiaba apenas al reconocer la traza: la Academia no estaba mirando un archivo viejo, sino una estructura viva, sostenida desde arriba.
Sofía tragó saliva una sola vez y siguió.
—La autorización viene de un nivel superior. No hay sello de esta sede. No hay paso aprobado por el sistema menor. Esto no es un error de archivo. Es una reapertura con cobertura fuera de jurisdicción local.
El murmullo subió, áspero ahora. Ya no era curiosidad: era hambre de escándalo.
Iria sonrió con una precisión cruel.
—Qué conveniente —dijo—. Un puente secreto, una tía muerta, un alumno de rango bajo y una traza que nadie en esta sala puede verificar sin tocar una cadena superior. Suena menos a verdad y más a una excusa útil.
Mateo por fin la miró. No por desafío, sino para medir hasta dónde iba a empujarla.
Iria sostenía su mirada como si ya hubiera ganado algo.
—No estoy inventando
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