Chapter 5
La citación cayó sobre la mesa de verificación con un destello blanco y un golpe seco, delante de todos, como si la Academia hubiera elegido el peor momento posible para recordarles quién mandaba.
Mateo todavía tenía el Núcleo de Velo ardiéndole bajo la piel. El 37% recién ganado latía en su muñeca con un calor fino, casi indecente, y esa punzada era lo único que lo mantenía derecho. Frente a él, el tablero de mérito seguía encendido con su nombre al lado de la cuenta de Doña Elvira Aranda, y ahora, encima de todo, la placa-sello proyectaba una línea imposible de ignorar:
REVISIÓN DE RANGO SUPERIOR AL AMANECER. OBLIGATORIA.
El murmullo de la sala menor bajó un tono y luego otro, como si todos hubieran entendido al mismo tiempo que aquello ya no era un rumor. Era una citación. Oficial. Contra él.
Maestre Tomás Varela tomó la placa con dos dedos, leyó en silencio y no cambió el gesto, pero Mateo conocía esa quietud: no era calma, era cálculo. Sofía Luján se había quedado de pie a un lado, con el rostro pálido y la tablet de cátedra pegada al costado como si también la estuvieran acusando a ella.
Iria Salcedo sonrió apenas.
No fue una sonrisa amplia ni teatral. Fue peor: una línea exacta, limpia, hecha para ser vista por todos.
—Qué rápido suben algunos cuando les abren la puerta equivocada —dijo, lo bastante alto para que la mitad de la sala la oyera.
Varias cabezas giraron hacia Mateo. No hacia el tablero. Hacia él.
Iria siguió, con esa suavidad afilada que solo usan los que han crecido sabiendo que la vergüenza ajena también puede ser una herramienta.
—Aunque, claro… si una muerta te empuja, cualquier escalón parece mérito.
Mateo sintió el golpe en la mandíbula antes de sentirlo en el orgullo. Quiso responderle, pero Varela levantó una mano sin mirar a nadie y la sala se tensó.
—Silencio. La citación no es un premio ni un castigo. Es una orden.
La pantalla cambió.
La cuenta de Doña Elvira Aranda seguía viva. Seguía enlazada a una cadena contractual superior. Seguía bajo observación activa. Y, ahora, un segundo trazo —fino, casi vergonzante en su precisión— aparecía debajo del nudo principal.
ENLACE SECUNDARIO NO CONSIGNADO. ORIGEN ADMINISTRATIVO EXTERNO.
Mateo dejó de respirar un segundo.
No era una falla normal. No era el tipo de error que se corrige con un sello local. Era una mano que había tocado la cuenta desde arriba y había querido borrar la huella a medias. Lo suficiente para encubrirla. No lo suficiente para que el Núcleo de Velo no la oliera.
Sofía se inclinó apenas hacia él.
—Eso no entró por archivo —murmuró sin mover casi los labios—. Alguien tocó la cuenta fuera de la sala.
Iria oyó el susurro y lo aprovechó como si hubiera estado esperando exactamente esa grieta.
—Claro —dijo, alzando la voz otra vez—. Primero la vergüenza, luego la conspiración. ¿También van a decir que el edificio lo persigue?
Hubo una risa breve en el fondo. No fuerte, pero suficiente para hacer daño.
Mateo apretó los dientes. Lo que más le ardía no era la burla; era la certeza de que Iria no estaba improvisando. Estaba empujándolo hacia una esquina donde cualquier movimiento suyo podía verse como insolencia.
La pantalla proyectó una nueva línea.
TRANSFERENCIA PROGRAMADA EN CINCO NOCHES. COMPRADOR PRIVADO ASOCIADO.
Cinco noches.
Mateo sintió el número bajar por su espalda como agua helada. No había tiempo para discusiones limpias ni para esperar a que la verdad se acomodara sola. Si la cuenta cambiaba de manos, el rastro podía cerrarse. La prueba podía desaparecer. El nombre de Elvira podía quedar enterrado otra vez, pero ahora con su nombre a la vista de todos, arrastrado al mismo pozo.
—¿Ven? —Iria extendió una mano hacia el tablero, como si estuviera mostrando una falta obvia—. No es una cuenta común. Es una cuenta viva, observada, transferida. Y él decidió tocarla con un núcleo dañado, sin autorización, frente a testigos.
—No la toqué por capricho —dijo Mateo al fin, con la voz más seca de lo que le habría gustado.
Iria lo miró por primera vez de frente.
—No. La tocaste porque querías que todos te vieran.
Eso sí le dolió.
Porque era parcialmente cierto.
Y Varela lo supo, lo leyó en la forma en que Mateo no apartó la mirada.
—La impugnación seguirá su curso
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