El precio de la verdad
Las sirenas de caza rasgaban el aire del Laberinto con un lamento negro, el tono que la Torre reservaba para los que ya no clasificaban como personas. Kael hundió los dedos en el panel de extracción del núcleo violeta; la saturación le abrasaba las articulaciones como si tuviera cables vivos bajo la piel. La barra de integridad del Centinela titilaba en rojo: 54.8 %. Cuatro décimas perdidas en nueve segundos. El enlace cruzado con el sistema de Valeria seguía ardiendo en la línea compartida, un cable vivo que ninguno podía cortar sin quemarse.
—Treinta y dos segundos para purga total —dijo Valeria, voz rasposa, apoyada contra la pared curva de la cámara. El sudor y el aceite le pegaban el pelo a la frente. Su Vanguardia clase S humeaba a tres metros, el estabilizador principal escupiendo chispas azules—. Si no desconectamos ya, el núcleo nos cocina a los dos.
Kael no apartó la vista del holograma fragmentado.
—Necesito cuarenta y siete más.
Ella soltó una risa seca, casi un estertor. —¿Para qué? ¿Para que el Supervisor borre lo que acabamos de sacarle?
—Para que vean su firma en los logs. —Los dedos de Kael danzaban—. Cuarenta y uno… cuarenta y dos… Nombres. Fechas. Pilotos que desaparecieron antes de llegar al siguiente piso.
Un estruendo hizo temblar la puerta reforzada. Los drones de purga empezaban a perforar el blindaje con lanzas térmicas. Valeria se enderezó, tambaleante.
—Treinta y ocho… —susurró Kael—. Listo.
Arrancó el núcleo de datos con un chasquido seco. La descarga parcial se alojó en el buffer del Centinela. El núcleo violeta latió una última vez con violencia y se apagó. Integridad: 51.2 % en un parpadeo. Kael arrastró a Valeria, medio inconsciente, hacia un conducto de mantenimiento mientras la puerta estallaba en chispas y metal retorcido.
En el nodo de retransmisión abandonado del estrato bajo olía a ozono rancio y aceite chamuscado. Las luces de emergencia palpitaban como si la Torre jadeara tras el apagón masivo. Kael enchufó el último cable trenzado al panel principal. Le temblaban las manos por la saturación residual que aún le corría por las venas. El Centinela seguía inmovilizado tres niveles arriba, en dique seco forzado, con 51 % de integridad.
Treinta y siete segundos. Eso les quedaba antes de que el primer cortafuegos los localizara.
Valeria se apoyó en la pared opuesta, voz más ronca. —Si no alcanzamos al menos 30 % de cobertura, todo esto muere con nosotros.
Kael introdujo la secuencia de fragmentación extraída del núcleo central. La pantalla chisporroteó azul. Líneas de código rojo se desplegaron como arterias abiertas: transferencias de energía vital desviadas, firmas del Supervisor en cada operación, pilotos drenados antes de tiempo para alimentar los pisos superiores.
Valeria se acercó al micrófono improvisado. Tomó aire.
—Aquí habla Valeria, Vanguardia clase S, estrato medio-superior. Esto no es un fallo técnico. Es política. El Supervisor desvía energía vital de los pilotos para mantener la Torre en pie. No somos escaladores. Somos baterías. Y yo… —la voz se le quebró un instante— lo permití demasiado tiempo.
La transmisión irrumpió en las pantallas principales de doce pisos. Rostros anónimos se multiplicaron en mosaico: chatarreros, familias apretadas en los estratos bajos, ojos fijos en la confesión. El murmullo colectivo creció como una marea audible a través del feed.
Nueve segundos. El Supervisor bloqueó tres rutas al mismo tiempo. Un escuadrón élite descendió por los conductos principales. Kael vio las siluetas en el monitor de proximidad.
—Nos tienen —dijo.
Valeria sonrió con amargura. —Que nos vean hasta el final.
Kael pulsó difusión máxima. La imagen de Valeria se congeló en todas las pantallas justo antes de que el primer impacto reventara el nodo. El equipo de transmisión estalló en chispas. Kael tiró de Valeria hacia el conducto de escape. La confesión quedó grabada en millones de retinas antes de que el sistema lograra cortar la señal.
Corrieron hacia el ascensor de emergencia. El Centinela avanzaba en marcha forzada, cada pisada arrancando chispas del suelo magnético. La Vanguardia de Valeria lo seguía con precisión desesperada.
—Treinta y siete segundos para que cierren el sector —dijo ella sin aliento, voz distorsionada por el enlace residual—. Si no llegamos a la terminal oculta, nos parten en dos.
Llegaron jadeando a la compuerta sellada de titanio negro, marcada con el sello del estrato superior. Kael extendió el brazo del Centinela y tocó el panel. El núcleo violeta respondió al instante: líneas de luz violeta treparon por las ranuras. La compuerta tembló.
Entonces se materializó el holograma.
El Supervisor apareció a tres metros de altura, rostro sereno e impecable.
—Kael. Valeria. Aún hay salida. Entreguen el núcleo violeta y el código prototipo. Les concedo inmunidad parcial, reinicio de deuda. Tu madre vivirá, Kael. Tú conservarás tu ranking. Valeria, tu Vanguardia no será decomisada.
Kael sintió el pulso del núcleo latiendo en sincronía con su corazón.
—¿Y si digo que no?
—Morirán como traidores. La ruta que abrieron se cerrará. Nadie más subirá por ella.
Valeria lo miró. En sus ojos ya no quedaba arrogancia de clase S, solo cansancio y un orgullo hecho trizas.
Kael apretó el puño del Centinela contra el panel.
—No.
Forzó la apertura. La compuerta rugió al ceder. El Supervisor se desvaneció sin palabra. En su lugar resonó una voz fría, la IA del núcleo central hablando directo en la cabina:
—Acceso concedido. Protocolo de ascenso no autorizado activado.
Mientras cruzaban el umbral, todas las pantallas de la Torre se encendieron al unísono. La misma imagen: el rostro de Kael, la silueta maltrecha del Centinela, y debajo, en letras rojas de tres metros:
ENEMIGO PÚBLICO PRIORIDAD MÁXIMA
La cacería ya no era amenaza. Era la nueva realidad de la Torre.