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Chapter 1: Chatarra con pulso: El precio de la deuda

Kael, un chatarrero al borde de la ejecución financiera, integra un módulo prototipo prohibido en su mech de desguace, provocando una anomalía energética que altera el ranking público de la Torre y atrae la atención hostil del Supervisor y la rivalidad de Valeria.

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Chatarra con pulso: El precio de la deuda

El zumbido de las prensas hidráulicas en el Sector 4 no era música; era una cuenta atrás. Kael ajustó la llave de torsión sobre el perno oxidado de su chasis, sintiendo cómo el metal cedía con un chirrido agónico. A su alrededor, otros chatarreros observaban con los ojos hundidos por el cansancio; sabían que si el Supervisor marcaba sus mechs como «obsoletos» hoy, el desguace no se detendría en la máquina. La Secta cobraba las deudas con carne si el hierro no bastaba.

—Menos de diez minutos para la inspección, Kael —escupió una voz metálica desde la plataforma superior. El Supervisor, envuelto en su túnica de hilos de fibra óptica, observaba el piso inferior con un desdén clínico—. Tu unidad de soporte vital es una vergüenza para el ranking del sector. Si no muestra una firma de energía estable para el próximo ciclo, será fundida con piloto dentro.

Kael no respondió. Su garganta estaba seca, llena del polvo metálico que impregnaba el aire de la Torre. Su mech, un modelo básico de la serie 'Vanguardia', era una carcasa de metal abollado que apenas se sostenía en pie. Era su única garantía de vida; sin él, no era más que un número negativo en el balance financiero de la Secta. Desesperado, corrió hacia la fosa de descarte donde los restos de un 'Cazador de Sombras', un mech de élite destruido en el piso 20, esperaban ser reducidos a cenizas. Sus manos, callosas y manchadas de grasa negra, hurgaron entre el cableado destrozado hasta que sus dedos se cerraron sobre un núcleo de energía que aún palpitaba con una luz violeta prohibida.

El cronómetro sobre el taller brillaba con un rojo agónico: 04:12. Kael se encerró en su cubículo clandestino, ignorando las órdenes de desalojo que resonaban por los altavoces. Al intentar integrar el módulo prototipo en el chasis de su Vanguardia, una chispa eléctrica le quemó la piel de los nudillos. El olor a ozono y metal fundido llenó el aire, denso y sofocante. La arquitectura del módulo no era compatible; el hardware básico de Kael estaba siendo forzado a procesar una lógica de combate que no estaba diseñada para soportar. El metal del pecho de la unidad comenzó a ponerse al rojo vivo, vibrando con una resonancia que amenazaba con hacer estallar el taller.

—Vamos, maldita sea —gruñó Kael, ignorando el dolor punzante en sus manos. Al conectar el último cable, un código de combate prohibido se filtró en el sistema, reescribiendo la jerarquía del hardware. El mech no solo se estabilizó; comenzó a emitir un zumbido de alta frecuencia que hizo vibrar los cimientos de la plataforma de pruebas.

El aire en el mercado de sectas cambió. El Supervisor, que se acercaba para ejecutar la confiscación, se detuvo en seco al ver la anomalía. Los sensores de la plataforma de pruebas comenzaron a volverse locos, emitiendo pitidos de error que resonaban por toda la planta. La firma energética era tan inmensa y pura que los sistemas de la Secta, diseñados para detectar debilidades, se bloquearon ante la imposibilidad de clasificar lo que tenían enfrente.

—Chatarrero —la voz del Supervisor cortó el aire como un bisturí—. Has sobrecargado el bus de datos. Explica esta firma energética o tu ejecución financiera se adelantará a esta misma tarde.

Kael no respondió. Sus dedos, aún temblorosos, se cerraron sobre la palanca de mando. La máquina se fusionó con él, expandiendo su mente a través de una red de datos que ni siquiera sabía que existía. En las pantallas públicas de la Torre, el nombre de Kael parpadeó, superando de golpe a diez pilotos de clase media. A lo lejos, en una plataforma de observación privilegiada, Valeria observaba la pantalla con una mezcla de horror y fascinación; el chatarrero que todos daban por muerto acababa de convertirse en una amenaza sistémica que nadie en la Torre podía ignorar.

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