Reparaciones de emergencia
El aire en el sector 4-Alpha no era aire; era una mezcla de ozono ionizado y el olor metálico de la sangre seca. Julián Varga se desplomó contra el chasis de 'La Chatarra', sus manos, cubiertas de grasa y cortes, temblaban mientras intentaba soldar un estabilizador de Clase A extraído de los restos humeantes de la unidad de élite que lo había perseguido hasta el infierno. Cada segundo que pasaba, la firma energética del módulo vibraba como un faro en la oscuridad, atrayendo a los escáneres de la Academia. Mañana, la inspección en la plaza central lo convertiría en polvo si no lograba que esta máquina pasara por un modelo estándar.
—Julián, detente —la voz de Mateo resonó en el comunicador, cargada de una urgencia que rozaba el terror—. Estás forzando la integración. El módulo no solo está ajustando los servos; está reescribiendo tu respuesta neuronal. Si pierdes la sincronía ahora, tu sistema nervioso se quemará antes de que la Academia llegue.
Julián ignoró la advertencia. Sus ojos, inyectados en sangre, se enfocaron en la interfaz. El módulo Clase A no solo procesaba datos; proyectaba una realidad superpuesta. Podía ver las venas de energía de la Torre, los conductos ocultos que la Academia mantenía en secreto para estrangular los niveles inferiores. Con un tirón violento, encajó el estabilizador. Una chispa de color violeta recorrió su brazo, y por un instante, la realidad del taller se disolvió, reemplazada por un mapa tridimensional de la Torre que revelaba su verdadera naturaleza: no era una estructura de ascenso, sino una trampa diseñada para drenar la ambición humana como combustible.
—La plaza... mañana —murmuró Julián, su voz sonando extrañamente mecánica, ajena a su propio control—. Puedo ver el flujo de datos. Si inyecto mi firma en el servidor principal, la inspección no solo será un éxito; será un espejo que los obligará a mirarse.
Mateo, trabajando en los circuitos externos, se detuvo en seco. Sus ojos, fijos en los espasmos de Julián, denotaban un horror profundo. —Julián, mírame. Estás canalizando el módulo, no pilotándolo. Si entras a la plaza con esa firma, la Rectora no te enviará a una celda. Te borrará por completo.
Julián no respondió. Su consciencia ya no estaba en el taller. A través de los sensores del mech, observaba la plataforma de observación del Nivel 4. Valeria Solís, la Rectora, dirigía personalmente la purga, ejecutando a chatarreros que intentaban ocultar piezas de bajo grado. Julián sintió el impulso del módulo: espejar. Utilizó la tecnología de clase A para camuflar su firma energética, ocultándose a plena vista mientras la patrulla pasaba a escasos metros.
La mañana de la inspección llegó con un silencio gélido. Julián se preparaba para la prueba pública, pero su conexión con 'La Chatarra' era ahora tan profunda que el lenguaje de la máquina comenzaba a desplazar sus propios recuerdos. Mateo confrontó al joven en el hangar, viendo cómo sus ojos brillaban con la misma luz azulada y artificial de los sensores de la Academia.
—Ya no eres tú, Julián —dijo Mateo, con la voz quebrada—. El módulo está reemplazando tu lógica humana por su eficiencia fría. Si sigues adelante, no quedará nada de ti para cuando alcancemos la cima.
Julián apretó los mandos, sintiendo el peso de la Torre entera sobre sus hombros. La inspección estaba por comenzar, y la verdad estaba a punto de ser transmitida en todas las pantallas del nivel.