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Chapter 12: El retorno del Dios de la Guerra

Julián acepta la reunión impuesta por el Grupo Andino Capital en sus propios términos y en territorio Varga. Neutraliza un último intento de intimidación ordenado por Solís contra Elena, asegurando una grabación que lo compromete. Reúne a su círculo cercano para confirmar que los títulos de 1950 bloquean los planes transnacionales del subsuelo. Al amanecer, recibe la contraoferta del enemigo y se prepara para el encuentro definitivo, consciente de que su regreso marca el inicio de una guerra mayor.

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El retorno del Dios de la Guerra

La ciudad respiraba abajo, viva otra vez. Desde la terraza del restaurante Varga, Julián veía las mesas del patio abarrotadas: familias que habían dejado de venir por vergüenza ahora pedían segundos de sancocho y reían fuerte. El letrero «Restaurante Varga, desde 1947» ardía con luz limpia. Nadie se burlaba ya del nombre.

Elena salió con dos tazas de café negro. Todavía llevaba el delantal, manchado de achiote. Se apoyó junto a él en la baranda sin hablar al principio. El aroma de la cocina subía mezclado con el humo de los carros en la autopista elevada.

—¿Sigues pensando en la llamada? —preguntó al fin.

—No pienso en la llamada —respondió Julián—. Pienso en lo que viene después.

El mensaje encriptado había llegado a las 22:17. Voz modulada, sin nombre: «Grupo Andino Capital. Reunión en 48 horas. Lugar y hora por confirmar. Rechazar no es recomendable para la estabilidad de su familia ni de su patrimonio recuperado».

Julián ya había contestado con sus términos: Centro Varga, 48 horas exactas desde el mensaje, solo dos representantes, sin armas, sin grabadoras, sin abogados. O no había reunión.

Elena lo miró de reojo.

—¿Crees que vendrán aquí?

—Vendrán —dijo él—. Porque ya no pueden elegir el tablero.

Ella apretó su antebrazo. Los dedos todavía olían a cebolla larga y culantro.

—No estás solo, Julián.

Él miró las siete manzanas que ahora temblaban bajo los títulos de 1950. No era solo el restaurante. Era el subsuelo. Era el derecho que bloqueaba túneles privados, estaciones fantasma y millones en contratos que nunca tocarían sin pasar por los Varga.

—Y ya no es solo por nosotros —murmuró—. Es por todos los que volvieron a sentarse aquí esta noche.

Elena asintió. Sus ojos ya no tenían el miedo de hace semanas. Solo fuego quieto.

El timbre trasero sonó dos veces, seco.

Julián dejó la taza.

—No salgas sola.

—Es el repartidor de harina. Siempre llega tarde.

—No hoy.

Cruzó el pasillo apagando luces. Abrió apenas la puerta trasera. El aire frío trajo olor a basura y gasolina.

Un hombre de capucha esperaba bajo la bombilla fundida. Manos en los bolsillos, hombros rígidos. No traía saco de harina.

Julián dio tres pasos largos y se detuvo a un metro.

—Dime quién te paga.

El tipo retrocedió medio paso. La mano derecha salió con un switchblade abierto.

—No es personal, hermano. Solo cumplo.

Julián mantuvo las manos relajadas.

—Última oportunidad. Nombre. Ahora.

El hombre lanzó una estocada al hígado. Julián giró el torso, atrapó la muñeca, torció hacia afuera y abajo. El cuchillo tintineó en el suelo. En el mismo movimiento, el antebrazo de Julián ya estaba contra la tráquea del tipo, empujándolo contra el ladrillo.

—Habla.

—S-Solís… Ricardo Solís… diez mil… solo asustarla…

Julián sacó el celular del bolsillo del hombre, activó la grabadora y lo puso frente a su boca.

—Repite. Todo. Nombre completo. Orden exacta. Cuánto. Dónde te contactó.

El tipo jadeó cada palabra. Julián grabó. Luego le bajó la capucha para que la cámara frontal lo captara.

—Esto llega a la policía en diez minutos. Y una copia a Solís. Dile que la próxima vez no mande aficionados.

Lo soltó. El hombre cayó de rodillas tosiendo. Julián entró, cerró con llave y le pasó el teléfono a Luis, el mesero de turno.

—Comisaría 14. Entrega al tipo del callejón y la grabación. Diles que es cortesía de Julián Varga.

Elena esperaba en el pasillo, pálida pero firme.

—¿Solís?

Julián asintió.

—Aún respira. Pero ya no tiene colmillos.

Ella apoyó la frente contra su pecho un segundo.

—Incluso caído sigue siendo veneno.

—Y yo sigo siendo el antídoto.

En la oficina trasera del Centro Varga, el mapa del distrito estaba extendido sobre la mesa de roble rescatada del sótano. Don Mauro, Carla y Elena rodeaban a Julián.

—El Grupo Andino Capital no solo financiaba a Solís —dijo Julián señalando la línea roja—. Quieren el subsuelo para metro privado. Nosotros somos el bloqueo legal.

Carla cruzó los brazos.

—¿Y qué? Tenemos un papel de 1950 y copias en fiscalías. Ellos tienen senadores y aviones.

Elena la cortó.

—¿Entonces nos rendimos porque tienen aviones?

Don Mauro suspiró.

—Tengo nietos que juegan en este barrio. No quiero que crezcan bajo un túnel que no les pertenece.

Julián alzó la vista.

—No habrá túnel. Dos equipos de monitoreo perimetral están activos desde anoche. Si mueven maquinaria antes de la reunión, lo sabremos antes de que apaguen los motores.

Carla parpadeó.

—¿Exmilitares?

—Gente que no sale en nóminas. Gente que lee planos y cumple órdenes.

Don Mauro dejó de mover los dedos.

—¿Y si vienen con todo?

—Entonces descubrirán que el restaurante Varga no es solo un lugar para comer arepas —dijo Julián—. Es una posición fortificada. Legal y física.

Elena lo miró con orgullo limpio.

—Mañana el Dios de la Guerra recibe a los titanes en su casa.

Los tres asintieron en secuencia. No había vuelta atrás.

El amanecer dividía la ciudad: abajo neón moribundo, arriba acero frío.

Julián estaba solo en la terraza principal. Traje oscuro, corte recto, sin insignias. Se ajustó el cuello con dos dedos precisos.

El teléfono vibró una vez.

Mensaje encriptado: «48 horas. Penthouse 47. Torre Pacífico. Ven solo. O el embargo anulado ayer será el menor de tus problemas».

Julián dejó que la pantalla se apagara.

Las copias certificadas ya estaban en fiscalías, superintendencias y unidades contra lavado en tres países. El Grupo Andino Capital ya no podía fingir que los títulos de 1950 eran un rumor.

Los Varga seguían siendo dueños del subsuelo bajo siete manzanas del distrito financiero. Y ahora lo sabían en Bogotá, Miami y Santiago.

Abajo, la cocina despertaba: aceite crepitando, cuchillo golpeando madera. Elena había bajado a las cinco sin avisar. No hacía falta.

Julián se miró en el reflejo oscuro de la ventana. El hombre que regresó roto ahora sostenía la ciudad en la palma de la mano.

Se ajustó la corbata con movimiento lento.

La batalla por el restaurante había terminado.

La guerra por la ciudad apenas comenzaba.

Y él había vuelto para ganarla.

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