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Chapter 1: El contador en la pantalla

Julián Varela intenta desmitificar una reliquia familiar en un programa de televisión para salvar su carrera, pero el objeto activa un contador físico en su muñeca y revela que su tragedia pasada fue una puesta en escena presupuestada por la productora.

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El contador en la pantalla

El foco cenital sobre el set de Misterios sin resolver era un martillo de luz que le quemaba la nuca a Julián Varela. Frente a él, sobre un pedestal de terciopelo negro, reposaba la reliquia: una caja de cedro tallada con motivos geométricos que parecían retorcerse bajo la intensidad de los ledes. Era el objeto que había destruido su reputación, el epicentro de un escándalo que lo dejó en la calle, y ahora, la única razón por la que Elena Rivas le permitía seguir respirando en un estudio de televisión.

—Tienes diez segundos para cerrar el bloque, Julián. Haz que la gente crea que esto es una estafa, o no habrá otro contrato —la voz de Elena se filtró por el auricular, fría, despojada de cualquier rastro de la lealtad familiar que alguna vez los unió. Ella estaba tras el cristal de la cabina de control, observando los números de audiencia subir mientras Julián se jugaba lo último que le quedaba de dignidad.

Julián se obligó a sonreír para la cámara. Su mano, traicionada por un temblor que no podía ocultar, se posó sobre la madera fría. En cuanto sus dedos hicieron contacto, el ruido ambiente del estudio se apagó, reemplazado por un pitido de alta frecuencia que le taladró los tímpanos. No era un fallo técnico; el sonido se sincronizaba con el ritmo errático de su corazón. Ante sus ojos, proyectado en el fondo del estudio —invisible para el público pero nítido para él—, un contador digital comenzó a descender: 72:00:00.

—Como pueden ver —dijo, forzando la voz para que sonara profesional mientras el sudor frío le recorría la espalda—, no hay nada sobrenatural aquí. Es solo madera vieja y superstición barata. Un truco de ilusionismo para mentes cansadas.

El corte a comerciales fue un alivio efímero. Julián se refugió en la zona de utilería, un rincón saturado de cables, focos fundidos y el olor acre a polvo viejo. Se miró la muñeca: 71:42:10. La cifra no era una alucinación; era una línea de luz fría, casi quirúrgica, incrustada bajo su piel, palpitando al ritmo de un pulso que amenazaba con estallarle en la garganta. Sacó la cinta métrica de su abuelo del bolsillo interior de su chaqueta. El cuero estaba desgastado, marcado por décadas de uso en los talleres de costura que su familia perdió años atrás. Sus manos temblaban mientras intentaba medir la reliquia. Al rozar el metal, una descarga eléctrica le recorrió el brazo. Fue una quemadura seca, precisa, que dejó el olor a carne chamuscada flotando en el aire viciado.

—Maldita sea —siseó, soltando el objeto. El bronce rodó sobre la mesa de trabajo, emitiendo un zumbido sordo que se sincronizó con el contador de su muñeca. Al apartar el objeto, vio algo que le heló la sangre: bajo la base de la reliquia, una pequeña ranura ocultaba un archivo de contabilidad de la propia productora. Eran cifras, nombres y fechas. Su propio nombre aparecía vinculado a una transacción denominada "Incidente de Sincronización". Su accidente, aquel que arruinó su nombre, había sido presupuestado hace meses. No era una víctima; era un activo.

El zumbido en su oído izquierdo regresó con más fuerza mientras regresaban al set. Elena no lo miraba a los ojos. Sus dedos se movían con una velocidad mecánica sobre la tablet, ajustando los niveles de transmisión. Julián intentó dar un paso hacia ella, pero sus piernas se sentían pesadas, como si la realidad misma estuviera ganando densidad.

—Elena, detén la transmisión. Hay algo en la reliquia, algo que no es un efecto visual —dijo Julián, con la voz apenas por encima de un susurro tenso. Su mano derecha se cerró sobre su muñeca izquierda, intentando sofocar el calor que emanaba del reloj biológico que le habían impuesto.

Elena se giró. Su rostro, iluminado por el reflejo azulado de los monitores, carecía de cualquier rastro de piedad.

—El público no quiere ver a un experto desmitificando una pieza de museo, Julián. Quieren ver el colapso. Si no entregas el espectáculo, la cadena entregará tu cabeza. Y créeme, ya no nos queda presupuesto para proteger tu reputación.

De repente, las pantallas del estudio cambiaron. Un clip inédito comenzó a reproducirse: Julián, años atrás, tocando esa misma reliquia en la casa familiar, segundos antes de que el fuego consumiera todo lo que amaba. La audiencia estalló en murmullos. Julián sintió cómo el contador en su muñeca comenzaba a arder, una quemadura que se extendía por su brazo como un veneno. La mentira se había acabado. El tiempo, ahora, empezaba a correr en su contra.

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