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Chapter 2: El precio de la primera pista

Alejandro llega al anticuario bajo la lluvia torrencial y negocia brevemente para ver la reliquia. Descubre y abre el compartimiento secreto, revelando una lámina con una nueva inscripción que acorta el conteo regresivo de cuatro horas a menos de tres. Al salir, el anticuario es asesinado a tiros y la lluvia borra la sangre de inmediato. Camila Duarte lo intercepta, revela su conexión familiar con la maldición y advierte que cada pista cobra una vida cercana mientras el próximo broadcast convertirá la mentira en verdad irreversible.

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El precio de la primera pista

El reloj de la reliquia marcaba tres horas y cuarenta y dos minutos cuando Alejandro Ríos empujó la puerta del anticuario. La lluvia caía como un muro que devoraba la calle, y el neón rojo del letrero parpadeaba sobre charcos que ya no reflejaban nada.

El dueño, un hombre flaco de ojos hundidos y camisa manchada de humedad, levantó la vista desde detrás del mostrador.

—Te dije por teléfono que no vinieras, Ríos. Esa cosa trae muerte.

Alejandro dejó caer la mochila mojada y sacó el celular. Reprodujo el clip filtrado sin volumen. La imagen temblorosa mostró la reliquia y la fecha que coincidía con la muerte de su hermano.

—No vine por leyendas. Quiero verla. Ahora.

El anticuario se pasó la lengua por los labios resecos. Miró hacia la ventana donde la lluvia borraba cualquier huella antes de que se formara.

—Esa pieza no se toca sin pagar. Pero tú ya empezaste a pagar desde que viste ese video.

Sacó de debajo del mostrador una caja de madera oscura, gastada por años de manos nerviosas. La colocó frente a Alejandro y retrocedió un paso, como si la caja misma pudiera morder.

Alejandro abrió la tapa. La reliquia de piedra negra absorbió la luz parpadeante. Fría. Pesada. Familiar de una forma que le revolvió el estómago. Sus dedos recorrieron la base hasta encontrar la ranura casi invisible. Presionó. Un clic seco. Un compartimiento se abrió con un susurro metálico.

Dentro, una lámina delgada grabada con letras afiladas:

“El próximo broadcast sellará el destino. Cuatro horas menos.”

El reloj visible en el cuerpo de la reliquia giró de inmediato. Tres horas y veintiocho minutos. El plazo se había acortado.

Alejandro sintió el golpe en el pecho. No era superstición. Era mecánica. Real.

—¿Qué carajo es esto? —murmuró, guardando la lámina en el bolsillo interior de la chaqueta.

El anticuario sudaba pese al frío.

—Regla número uno: cada secreto que sacas de esa cosa cobra una vida cercana. No mía, si tengo suerte. Pero alguien va a pagar.

Alejandro cerró la caja de golpe.

—No creo en reglas ocultas. Creo en hechos. Y este hecho acaba de acortar el tiempo que tengo para detener lo que sea que viene.

Pagó con billetes mojados y se dirigió a la puerta. El anticuario lo siguió con la mirada, temblando.

Apenas pisó la acera, dos disparos cortaron el ruido de la lluvia. Secos. Cercanos. El cuerpo del anticuario se desplomó en el umbral, la sangre salpicando el marco de la puerta. Alejandro se lanzó hacia un lado, la reliquia apretada contra el pecho.

La lluvia atacó de inmediato. Gotas gruesas diluyeron la sangre en hilos rojos que corrían hacia la alcantarilla. En menos de treinta segundos, el empedrado quedó limpio. Solo quedó el cuerpo y el olor metálico que la tormenta no podía borrar del todo.

Alejandro corrió. No miró atrás. Cada paso era una cuenta más en contra. Sirenas lejanas ya aullaban, pero la ciudad las tragaría igual que la sangre.

Dobló la esquina y chocó casi con una figura empapada que salía de la penumbra.

—Camila —dijo él, reconociéndola por la foto que había visto en redes esa misma mañana. Historiadora. La misma que había comentado el clip filtrado antes de que lo borraran.

Ella lo tomó del brazo con fuerza, los ojos brillantes de miedo y algo más profundo.

—No te detengas. Camina. Ahora.

Lo arrastró bajo un toldo roto donde la lluvia seguía filtrándose.

—Sé lo que abriste en esa reliquia. El compartimiento. La nueva fecha. Mi familia lleva tres generaciones cargando esta maldición. Mi abuelo murió por tocarla. Mi padre intentó venderla y terminó en un manicomio. Cada pista que sacas adelanta el reloj y cobra una vida cercana. El anticuario era la primera. La próxima puede ser tu madre. O tú.

Alejandro se soltó, pero no corrió. La lluvia le chorreaba por el rostro, mezclándose con el sudor frío.

—¿Cómo sabes todo esto? ¿Quién eres realmente?

Camila sacó un cuaderno pequeño, empapado, con páginas que empezaban a deshacerse.

—Soy la que todavía cree que se puede romper el ciclo. Pero cada vez que alguien como tú abre un secreto, el broadcast siguiente gana fuerza. El próximo no será un clip filtrado. Será en vivo, para todo el mundo. Y convertirá la mentira en verdad irreversible. La gente creerá lo que ve. Y lo que viene después… repetirá lo que le pasó a tu hermano, pero peor.

Alejandro sintió que el suelo se movía. La fecha. Su hermano. La sangre que la lluvia acababa de borrar. Todo encajaba en una cadena que ya no podía ignorar.

Miró el reloj de la reliquia que llevaba oculta. Dos horas y cincuenta y un minutos.

—Entonces dime la verdad completa —dijo, la voz ronca—. Porque si cada pista cuesta más de lo que da, necesito saber exactamente cuánto me queda por perder.

Camila lo miró a los ojos, sin parpadear bajo la lluvia que no cesaba.

—Te queda menos de lo que crees. Y yo ya perdí demasiado como para dejarte solo en esto.

Se alejaron juntos por la calle inundada, dejando atrás el cuerpo que la ciudad ya olvidaba. El reloj seguía corriendo. Y el próximo broadcast ya tenía fecha.

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