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Chapter 3: La mentira en el ledger

Julián roba el libro de contabilidad de Elena Ríos, confirmando que su padre fue el arquitecto del sistema de vigilancia y lavado de dinero del pueblo. Al obtener la prueba, el sistema lo detecta, incitando a la turba a buscarlo. Julián se refugia bajo el altar de la iglesia, donde descubre que la reliquia se activará por completo en 24 horas, dejándolo aislado y sin conexión.

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La mentira en el ledger

El aire en la oficina de Elena Ríos sabía a ozono y a papel rancio. Julián Varga no soltó el libro de contabilidad; sus nudillos estaban blancos, tensos, mientras el peso del cuero desgastado le recordaba que acababa de robarse la sentencia de muerte del pueblo. Elena, inmóvil tras su escritorio, no intentó quitarle el objeto. Solo observaba, con una calma que le heló la sangre a Julián.

—Si abres eso, no solo destruyes la economía de San Andrés —dijo ella, su voz cortante como un bisturí—. Estás borrando el registro que nos mantiene a salvo de los inversores. Ellos no quieren fe, Julián. Quieren control. Y la reliquia es el nodo que lo garantiza.

Julián sintió una náusea punzante. Las palabras de Elena no eran una advertencia vacía; eran la confirmación de que su padre no solo había diseñado una máquina de superstición, sino un sistema de vigilancia masiva. Cada página de aquel ledger era un mapa de sobornos, cuotas de silencio y pagos a funcionarios que alimentaban la maquinaria del santuario.

—Mi padre no construyó una reliquia —respondió Julián, su voz resonando con una dureza que no reconoció como propia—. Construyó una jaula.

Elena dio un paso hacia él, bloqueando la salida. Sus ojos, antes fríos, ahora mostraban un miedo genuino. No era por la pérdida de prestigio, sino por la inminente caída del sistema.

—Él te dejó esto para que lo encontraras, Julián. Pero no para que lo expongas. Lo hizo para que aprendieras a callar.

Julián no respondió. Se escabulló hacia el callejón trasero, donde la humedad nocturna se mezclaba con el olor dulzón de las velas que se vendían a los turistas. Con el corazón martilleando contra sus costillas, sacó su teléfono. La pantalla emitía un resplandor azulado que iluminaba las páginas amarillentas del registro. Bajo el encabezado «Protocolo de Mantenimiento de la Fe», aparecían listas de transferencias bancarias internacionales y una serie de códigos de acceso que Julián reconoció al instante. Eran la caligrafía digital de su padre. Él era el arquitecto del sistema de lavado de dinero que mantenía a San Andrés en pie.

De repente, el cronómetro de la reliquia, sincronizado con la red local, emitió un pulso electromagnético que bloqueó su teléfono, dejándolo a oscuras. El sistema lo estaba rastreando.

En la plaza central, el zumbido de los móviles de los habitantes se convirtió en una sinfonía de notificaciones simultáneas. Julián, oculto tras una estatua centenaria, observó cómo los fieles se transformaban. Sus rostros, iluminados por el resplandor azulado de sus pantallas, se giraron en una coreografía macabra hacia su posición. La narrativa de la «fe» había sido actualizada: él era el profanador, el agente del caos que pondría fin a sus ingresos.

—Ahí está —murmuró una mujer, señalando con el dedo. La turba comenzó a avanzar.

Julián corrió hacia la antigua iglesia, buscando refugio en la estructura de piedra que, irónicamente, era el nodo central de la vigilancia. Se deslizó bajo el altar, encontrando un compartimento secreto tras una hornacina dedicada a un santo sin rostro. Allí, el aire estaba estancado y cargado de ozono. Al abrir el libro bajo la luz mortecina de su móvil, encontró una nota manuscrita de su padre: una confesión de que la reliquia no era una maldición, sino un nodo de vigilancia masiva que se activaría totalmente en menos de 24 horas. El contador de la reliquia parpadeaba en la oscuridad: 23:59:59 y descendiendo. Julián quedó atrapado en el sótano, sin conexión a internet, con la certeza de que el tiempo se agotaba y que él era la única pieza que el sistema aún no había logrado borrar.

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