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Chapter 1: El cronómetro en la piedra

Julián Varga, un periodista caído en desgracia, intenta desacreditar la 'Reliquia con Fecha' de San Andrés durante una transmisión en vivo. Al descubrir que la reliquia es un registro de sobornos con una fecha vinculada a su propio pasado, es interrumpido por Elena Ríos y la policía local, mientras la reliquia activa un pulso electromagnético que sella su destino inmediato.

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El cronómetro en la piedra

La luz azul del aro LED se reflejaba en los ojos de Julián Varga, creando una máscara de frialdad digital que ocultaba el sudor frío que le recorría la nuca. A sus espaldas, la Plaza del Santuario de San Andrés dormía bajo una niebla artificial, un escenario diseñado para vender milagros a los turistas que llegaban en autobuses de lujo. Frente a él, sobre un pedestal de obsidiana, descansaba la «Reliquia con Fecha»: un bloque de piedra caliza surcado por venas de bronce oxidado que, según la leyenda local, marcaba el fin de los tiempos.

—Bienvenidos a la estafa de la semana —dijo Julián, acercando el micrófono a la piedra—. La gente paga miles de pesos por tocar esto, creyendo que el zumbido que emite es la voz de lo divino. Es, en realidad, un sistema de calefacción industrial oculto bajo el pavimento. Un truco de feria para mantener a los devotos gastando.

El contador de espectadores en su móvil subió de golpe: 4,200 personas. El chat era una cascada de insultos y súplicas religiosas. Julián sonrió con amargura. Su carrera como periodista de investigación había terminado en un tribunal por difamación; su única moneda de cambio ahora era la verdad, por destructiva que fuera.

—Julián, mira la base —escribió un usuario identificado como HijoDeLaMemoria—. La inscripción lateral. No estaba en el catálogo de 1994.

Julián bajó la cámara. Al enfocar la base de la piedra, el zumbido del dron se volvió un gemido eléctrico, una nota discordante frente al murmullo de los fieles. La luz de su foco portátil reveló una muesca inusual: una ranura que no debería estar en un bloque de granito del siglo XVIII. Al pasar su dedo por la hendidura, el dispositivo de grabación emitió un pitido agudo. En la pantalla, el chat se volvió un torrente de advertencias. Alguien había identificado el patrón de puntos y rayas.

—No es una talla decorativa —dijo Julián al micrófono, con el pulso acelerado—. Son coordenadas. Y números de cuenta. Esto no es una reliquia, es un libro mayor de sobornos.

—Apaga eso ahora mismo, Julián.

La voz de Elena Ríos cortó el aire con la precisión de un bisturí. Ella estaba parada a pocos metros, su silueta perfectamente recortada contra el resplandor de las pantallas de los turistas. Su rostro, habitualmente sereno y diplomático, era ahora una máscara de frialdad tensa. Detrás de ella, la policía local comenzaba a cerrar el perímetro con una calma que no era propia de una patrulla de rutina.

—Estás cruzando una línea que tu padre nunca debió trazar —añadió Elena, acercándose con paso firme. El nombre de su padre golpeó a Julián como un impacto físico. La desconfianza mutua que los unía, tejida por años de historia familiar, se fracturó en ese instante.

Julián no retrocedió. Mientras intentaba subir el archivo fuente a la nube, el contador digital que coronaba el altar de piedra marcó 00:14:02. No era un cronómetro de cuenta regresiva para un evento turístico; era una sentencia que se reducía con cada segundo de su exposición.

—No se vayan —dijo Julián a la cámara, su voz firme—. Si la conexión se cae, el pueblo gana.

Los uniformados se lanzaron sobre el trípode. La cámara cayó, mostrando un ángulo cenital del altar. En ese instante, la piedra antigua reaccionó. Un zumbido sordo, una frecuencia que hizo vibrar los huesos, estalló desde el centro del pedestal. La señal de transmisión parpadeó, una línea estática cruzando la pantalla como un corte quirúrgico. La policía irrumpió en el set, pero la reliquia ya había comenzado a emitir un pulso electromagnético que bloqueó todas las cámaras, dejando a Julián en la oscuridad, frente a una verdad que, según comprendió al ver el patrón lumínico de la piedra, llevaba la firma técnica de su propio padre.

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