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Chapter 1: El primer frame del horror

Mateo se infiltra en el santuario para desacreditar la reliquia, pero al tocarla, activa un contador digital sincronizado con su propio pulso. Elena, la guardiana, le revela que ha heredado una deuda ancestral, dejando a Mateo atrapado en una transmisión en vivo que el mundo entero observa.

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El primer frame del horror

El aire en el santuario de San Andrés no olía a santidad, sino a ozono y a la estática metálica de los servidores ocultos tras los retablos barrocos. Mateo ajustó el estabilizador de su smartphone, sintiendo el peso muerto de su reputación profesional en cada movimiento. No estaba allí por fe; estaba allí para desmantelar la estafa que había convertido a este pueblo andino en una mina de oro digital.

—Estamos en vivo —susurró a la lente. Su voz sonó plana, profesional, desprovista de la reverencia que los locales exigían—. Lo que ven detrás de mí es la «Reliquia de los Andes». Mañana, el mundo sabrá que es solo un mecanismo de relojería suizo escondido tras quinientos años de superstición.

El chat de la transmisión se disparó. «Blasfemo», «¿Dónde está el guía?», «Cuidado con el sensor». Mateo ignoró los comentarios. Su objetivo era el altar de obsidiana. Sabía que la economía del pueblo dependía de la supuesta maldición del objeto, un activo financiero que atraía a miles de peregrinos y sus donaciones digitales. Si lograba exponer el truco, su nombre quedaría limpio; el escándalo familiar que lo había arruinado en la capital sería solo un pie de página en su redención.

Se acercó al altar. El zumbido constante de los drones de vigilancia que patrullaban el perímetro del santuario le erizó la nuca. Al extender la mano, sus dedos buscaron una bisagra, un cable, cualquier rastro de ingeniería moderna. Pero al rozar la superficie gélida de la piedra, el aire se cargó con una descarga eléctrica que le entumeció el brazo.

No hubo un clic mecánico. Hubo un destello azul, violento y antinatural, que brotó del centro de la reliquia. La piedra no se abrió; se convirtió en una interfaz. Una serie de dígitos, nítidos como código fuente proyectado sobre la pared, comenzaron a correr con una velocidad frenética antes de estabilizarse en un contador rojo: 72:00:00.

Mateo retrocedió, tropezando con su trípode. El chat se volvió un caos de números y pánico. El contador no era una proyección externa; estaba siendo renderizado directamente en el feed de su livestream. Marcaba 71:59:42.

—¡Corten la señal! —bramó, pero la pantalla táctil de su móvil no respondía. Vibraba con una frecuencia que le adormecía los dedos, como si el dispositivo estuviera intentando procesar un archivo demasiado pesado para su hardware.

Un crujido de botas sobre las losas coloniales lo obligó a girar. Elena, la gestora del patrimonio cultural, estaba allí, parada en el umbral. Su rostro, enmarcado por la penumbra del santuario, conservaba una calma depredadora.

—No puedes cerrar la transmisión, Mateo —dijo ella. Su voz, antes amable, ahora cortaba como un bisturí—. Has despertado el contrato. Lo que has hecho no es una investigación; es una herencia.

Mateo intentó forzar el cierre de la aplicación, pero su móvil emitió un espasmo eléctrico que le recorrió el antebrazo. Al mirar el contador, el horror le heló la sangre: el reloj estaba sincronizado con su propio ritmo cardíaco. Tic. Tic. Tic. Cada vez que su pulso se aceleraba por el pánico, los milisegundos del contador descendían con una voracidad mecánica, restando tiempo a su vida con cada latido.

—¿Qué es esto? —bramó él, su voz rebotando contra los iconos religiosos—. ¿Un software espía? ¡No voy a ser el chivo expiatorio de tu circo!

—La reliquia no es un aparato que se desconecta —replicó Elena, acercándose con una lentitud que no dejaba espacio para la huida—. Es un contador de deuda. Y ahora que lo has tocado, el tiempo de la reliquia es el tuyo. Si tu corazón se detiene, el contador llegará a cero. Y si el contador llega a cero antes de que termines de pagar lo que tu familia debe, no habrá más Mateo.

Mira el contador: 71:58:15. El miedo era una trampa. Cuanto más intentaba calmarse para ralentizar el reloj, más se aceleraba su ansiedad, haciendo que los números cayeran más rápido. Mateo comprendió entonces que no podía huir del santuario, porque el mecanismo estaba dentro de él, y cada segundo de su existencia era ahora una cuenta atrás que el mundo entero estaba viendo en directo.

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