El archivo de la discordia
El comedor de la mansión Varela no era un espacio para la hospitalidad; era un tablero de ajedrez donde cada cubierto de plata marcaba una posición de poder. Beatriz Varela, con la espalda tan rígida como su código moral, diseccionaba un espárrago mientras sus ojos, fríos y analíticos, escaneaban a Elena. A su lado, Julián mantenía una mano sobre la mesa, una presencia que no ofrecía refugio, sino una vigilancia constante. Él no estaba allí para protegerla de su madre; estaba allí para ver cuánto tardaría ella en fracturarse bajo el escrutinio de la élite.
—Es una sorpresa, Julián —dijo Beatriz, sin levantar la vista
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