La firma de la humillación
El despacho de Julián Varela en Santa Fe no olía a leyes, sino a una frialdad aséptica diseñada para drenar la voluntad de quien se sentara frente a su escritorio. Elena mantenía la espalda recta, aunque sus manos, ocultas bajo la superficie de caoba, estaban apretadas hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Hacía cuarenta y ocho horas, su propia familia la había despojado de su fideicomiso y de su apellido, dejando su reputación hecha jirones tras un escándalo fabricado en el que ella era la única pieza desechabl
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