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Chapter 3: El peso de la herencia

Elena investiga el despacho de Julián y descubre que su hermana huyó debido a un secreto oculto en el penthouse, no por deudas. Julián la descubre y la obliga a mantener la farsa en una gala de inversores, donde ella confirma que es utilizada como cebo para un enemigo desconocido.

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El peso de la herencia

El silencio en el penthouse no era una ausencia de sonido, sino una presión atmosférica que dictaba cada uno de mis movimientos. Desde que el sol despuntó sobre el Paseo de la Reforma, me sentía como un animal en exhibición, observado por las cámaras de seguridad que Julián Varela había instalado como si fueran ojos divinos. La oportunidad de investigar surgió con el destello azul de una videoconferencia transatlántica; Julián se encerró en la sala de juntas, dejando el despacho privado con la puerta apenas entornada.

Me deslicé por el pasillo, con el corazón martilleando contra mis costillas. Al entrar en el despacho, el aire olía a cuero antiguo y a la frialdad metálica de los contratos de Varela. Mis dedos temblaron al abrir el cajón central, buscando cualquier rastro de Sofía. Entre estados financieros y proyectos de infraestructura, encontré una carpeta de cuero negro marcada con el sello de mi familia. No eran balances; eran fotografías. Mi hermana, días antes de la boda, reunida en un muelle privado con un socio de Varela. Y debajo, una nota manuscrita con la caligrafía nerviosa de Sofía: «No es el dinero lo que busca, es el secreto que esconden las paredes de este penthouse. Si me quedaba, me convertiría en su caja fuerte. Huye, Elena».

—La curiosidad es un lujo que no puedes permitirte, Elena.

La voz de Julián, cortante como una cuchilla, me obligó a cerrar la carpeta de golpe. Él estaba apoyado en el marco de la puerta, con la camisa impecablemente blanca y una expresión de frialdad aterradora. No gritó, no me tomó del brazo; simplemente caminó hacia mí con una elegancia depredadora, obligándome a retroceder hasta que el escritorio fue mi única barrera.

—¿Buscas respuestas a preguntas que te costarán la vida? —preguntó, inclinándose hasta invadir mi espacio personal. El perfume de Varela, una mezcla de sándalo y tabaco, me mareó—. Tu hermana no huyó por miedo a la quiebra. Huyó porque no pudo cumplir con el precio de mi protección. Ahora, tú ocupas su lugar. Y el precio de tu ignorancia es, precisamente, lo que te mantiene respirando.

—No soy un activo de tu constructora, Julián —respondí, aunque mi voz flaqueó.

—Esta noche, en la gala de los inversores, serás lo que yo necesite que seas: mi esposa perfecta. Si vuelves a hurgar en mis archivos, no habrá contrato que te salve de las consecuencias. Vístete. Tenemos una reputación que limpiar.

El salón de gala del Club de Industriales era una trampa de cristal y murmullos. Bajo las lámparas de araña, sentía que cada mirada era un bisturí. Julián, impecable en su esmoquin, mantenía una mano firme en la base de mi espalda, un recordatorio constante de propiedad.

—Sonríe, Elena —susurró, rozando mi oído—. El mercado odia la incertidumbre. Si pareces asustada, las acciones de Valdés Construcciones caerán otros diez puntos antes de la medianoche.

Apreté la mandíbula, obligando a mis labios a curvarse en una expresión de devoción fingida. La presión de las cámaras y la mirada depredadora de los rivales de Varela me asfixiaban. En un momento de distracción, un magnate rival intentó acorralarme con preguntas sobre la repentina sustitución de la novia. Antes de que pudiera articular una respuesta, Julián apareció a mi lado, interponiéndose como un muro de acero. Con una mirada gélida y una sola frase que silenció al hombre, me alejó del grupo, arrastrándome hacia la salida con una posesividad que no admitía réplicas.

De regreso en el penthouse, el lujo del lugar se sentía como una arquitectura de asfixia. Me encerré en mi habitación y, con manos temblorosas, desgarré el forro del sobre oficial que había logrado esconder tras la confrontación en el despacho. Una nota pequeña cayó sobre la alfombra. «Elena, si estás leyendo esto, ya es demasiado tarde. No huyas como yo. Varela no quiere una esposa, quiere un cebo para el hombre que él mismo ayudó a destruir».

El secreto no era el dinero. El penthouse no era un hogar, sino una jaula diseñada para atraer a un enemigo invisible. Comprendí que mi matrimonio no era una salvación, sino una trampa de la cual yo era el cebo principal.

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