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Chapter 7: Chapter 7

Valeria y Gael descubren que el socio principal de Larralde & Asociados, Ricardo Valdés, fue el arquitecto del fraude junto a Aurelio. Gael, enfrentando la traición de su mentor, decide exponer la verdad ante la junta, arriesgando su carrera para proteger a Valeria y desmantelar el imperio desde adentro.

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Chapter 7

El titular en la pantalla del móvil era una sentencia: «Valeria Montenegro: la intrusa que busca desmantelar el legado de una familia que no la reconoce». Valeria dejó el teléfono sobre la mesa de caoba del despacho de Gael. El sonido del cristal contra la madera fue el único ruido en una sala donde el aire se sentía viciado, cargado con la estática de una guerra que ya no se libraba en los tribunales, sino en la reputación de cada uno de los presentes.

—Matías ha filtrado los registros de tu estancia en el extranjero —dijo Gael, sin apartar la vista de los documentos sobre su escritorio—. Está construyendo una narrativa de oportunismo. Si no controlamos el relato, la junta de socios votará tu expulsión del caso antes del mediodía.

Valeria se puso en pie, alisando su falda con una precisión que ocultaba el temblor de sus manos. No era miedo, era la adrenalina de saberse acorralada.

—Matías no busca la verdad, Gael. Busca que la junta se asuste. Si ellos creen que soy una amenaza para sus honorarios, me entregarán a Aurelio en bandeja de plata.

—Ya lo han hecho —respondió él, levantando la mirada. Sus ojos, habitualmente fríos, mostraban una fatiga que no intentaba ocultar—. El socio principal, Ricardo Valdés, ha convocado una sesión extraordinaria. Quieren la grabación. Argumentan que, al ser una prueba de una auditoría interna, debe ser custodiada por el comité de riesgos.

Valeria soltó una risa seca, carente de humor.

—El comité de riesgos es el bolsillo de Aurelio. Si esa grabación entra en ese circuito, no volverá a ver la luz.

—Lo sé. —Gael se levantó, rodeando el escritorio. La proximidad entre ambos era un campo de minas. Él no buscaba consuelo, sino una estrategia que no destruyera su carrera. Su protección hacia ella se había vuelto su mayor vulnerabilidad—. Si me niego a entregarla, me acusarán de obstrucción y abuso de confianza. Si la entrego, te pierdo a ti y a la única prueba que puede invalidar la sucesión.

—Entonces no la entregues —dijo ella, dando un paso hacia él. La tensión entre ambos era una cuerda tensa a punto de romperse—. Úsala. Si el comité quiere la grabación, que la escuchen en una audiencia pública. Oblígalos a enfrentarse a la verdad frente a los accionistas.

Antes de que Gael pudiera responder, un asistente entró sin llamar, dejando una unidad de memoria sobre la mesa.

—Es una copia de seguridad del servidor de Inés Rivas —anunció el asistente, visiblemente nervioso—. Se encontró en un archivo oculto.

Gael conectó el dispositivo. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el murmullo de una voz femenina que, aunque quebrada, conservaba una elegancia gélida. Inés Rivas, la novia ausente, hablaba desde el pasado.

—«Aurelio me obligó a firmar, pero él no actuó solo. Ricardo Valdés redactó la cláusula. Él sabía que yo no tenía salida».

El nombre del socio principal, el mentor de Gael, resonó en la sala como un disparo. Valeria observó cómo el rostro de Gael perdía todo rastro de color. La traición no era externa; estaba en el corazón mismo de su despacho.

—Él me formó —susurró Gael, su voz apenas un hilo—. Él me enseñó que la ley es el único escudo contra el caos.

—La ley es el arma que ellos usan para mantenerte a raya —replicó Valeria, acercándose hasta quedar a centímetros de él. Puso una mano sobre su brazo, un gesto de compensación que, por primera vez, no buscaba poder, sino una alianza real—. Ahora tienes la prueba de que tu mentor es un criminal. Si lo expones, pierdes tu posición, pero recuperas tu nombre. Y yo recupero el mío.

Gael la miró, y en ese instante, la barrera profesional que los separaba se desmoronó. Él no la protegió con palabras, sino con una decisión: tomó el archivo y lo cargó en el sistema de la junta.

—Si vamos a caer, lo haremos desmantelando todo el sistema —dijo él, con una determinación que helaba la sangre.

Valeria sintió que el peso de años de exclusión comenzaba a ceder. La audiencia privada estaba a punto de comenzar, y por primera vez, ella no era la intrusa, sino la única persona en la sala con el poder de dictar el final del imperio Montenegro.

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