La novia de papel
El despacho de Emiliano Llorente no era una oficina; era un tablero de ajedrez donde el oxígeno escaseaba. Sobre la mesa de obsidiana, el acta notariada que Valeria había arrojado frente a él seguía abierta, un recordatorio de que el fideicomiso familiar estaba, por primera vez en décadas, fuera del control de los Salvatierra.
Emiliano se puso en pie, su silueta recortándose contra el ventanal que dominaba una Ciudad de México indiferente. Su corbata estaba impecable, pero sus nudillos, apoyados contra el borde del escritorio, delataban la presión.
—Sabes que esto no es una victoria, Valeria —dijo él, con una voz que era puro acero—. Es un suicidio. Si bloqueas los fondos, la fusión se cae. El consejo no busca culpables, busca resultados. Si no hay una novia en la gala de mediodía, la empresa pierde su valor en bolsa antes del cierre fiscal.
Valeria permaneció inmóvil. Había pasado años siendo invisible; ahora, su quietud era una herramienta de poder.
—La familia ya me destruyó una vez, Emiliano. No tengo nada que perder, pero tú tienes una empresa que salvar. Tú necesitas que Inés aparezca, o que alguien ocupe su lugar.
Emiliano rodeó el escritorio. Su presencia llenaba la habitación, una amenaza física que Valeria ya no intentaba esquivar. Se detuvo a centímetros de ella; el aire entre ambos vibraba con una tensión que no era romántica, sino puramente transaccional.
—¿Qué quieres? —espetó él, bajando la voz—. ¿Dinero? ¿Un lugar en la mesa? ¿O solo ver el mundo arder porque te borraron del árbol genealógico?
—Quiero acceso total a las cuentas y la garantía de que Doña Adriana no volverá a tocar un documento que lleve mi nombre —respondió ella, sin parpadear—. Seré tu novia de papel. Apareceré en las galas, firmaré los acuerdos y mantendré la farsa. Pero no seré una marioneta. Si voy a ser tu escudo ante los medios, exigiré mi parte del control.
Emiliano la observó, estudiando su rostro como si buscara la mentira en sus rasgos. La tensión era una descarga eléctrica. Él se movió, acorralándola contra la puerta del coche que los esperaba en el garaje privado, justo cuando el ascensor se abría.
—No te pido que seas mi esposa, Valeria —dijo él, apoyando una mano en la madera junto a su cabeza, bloqueando cualquier salida—. Te pido que seas mi escudo. Y si esto sale mal, no habrá familia que te proteja de lo que viene después.
*
El vestíbulo de Llorente-Salvatierra absorbía el calor, dejando solo el eco metálico de los tacones de Valeria contra el suelo. Al cruzar las puertas giratorias, el caos estalló. Una marea de flashes cegó a Valeria, seguida por el clamor de los reporteros que habían acampado tras el escándalo de la boda fallida.
—¡Emiliano! ¿Es cierto que Inés Ferrer huyó por deudas? ¿Quién es la mujer que la acompaña? —gritó un reportero, empujando su micrófono contra el pecho de Valeria.
Valeria se tensó, lista para responder con la frialdad que había practicado durante años, pero Emiliano se movió antes. Con una mano firme en su cintura, la atrajo hacia su costado, protegiéndola del acoso físico.
—La señora Llorente tiene una agenda privada, y no toleraré que su intimidad sea objeto de sus especulaciones —dijo Emiliano, con una autoridad que no admitía réplica. Sus ojos, fríos y precisos, se clavaron en el reportero, dejando claro que el precio de seguir insistiendo sería el fin de cualquier acceso futuro a la información corporativa.
El grupo retrocedió, intimidado por el peso del apellido. Emiliano no la soltó hasta que llegaron al coche blindado. Una vez dentro, el silencio fue más pesado que el ruido de la calle.
Valeria sintió el roce de su traje contra su hombro. Emiliano se giró, acorralándola contra la puerta del vehículo, su sombra cubriendo la suya. La expresión de él era ilegible, pero sus ojos delataban la factura interna: acababa de oficializar ante la prensa una alianza que le costaría meses de explicaciones ante el consejo.
—No te pido que seas mi esposa, Valeria —sentenció él, con un tono que oscilaba entre la advertencia y una extraña forma de respeto forzado—. Te pido que seas mi escudo. Y si vas a serlo, más te vale saber que el costo de esta protección acaba de subir exponencialmente.
Valeria sostuvo su mirada, comprendiendo que el contrato que estaban a punto de firmar no era solo por una herencia, sino por el control absoluto de su propia supervivencia. Gael, desde el asiento delantero, le entregó una carpeta con una frialdad mecánica. Mientras Valeria la abría bajo la luz tenue, sus dedos se detuvieron en una cláusula redactada con precisión quirúrgica: una condición de rescisión que vinculaba su permanencia al control de Emiliano sobre la empresa. Si ella se marchaba, él perdía todo. La trampa era mutua, y el juego de poder apenas comenzaba.