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Chapter 4: Alianzas de cristal

Elena sobrevive a un intento de sabotaje público por parte de Arturo Méndez, gracias a una defensa inesperada y posesiva de Julián. Tras el incidente, ambos se retiran a un área privada donde Elena confronta a Julián con las pruebas de su complicidad en su exilio pasado. La tensión culmina cuando Elena es sorprendida buscando pruebas definitivas en el despacho de Julián; en lugar de denunciarla, él cierra la puerta, forzando una confrontación directa que redefine su alianza.

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Alianzas de cristal

El aire en el salón de gala del Hotel Imperial era una mezcla asfixiante de perfume caro, ambición y la tensión estática de una mentira a punto de quebrarse. Elena Valdés, envuelta en seda que no le pertenecía, sentía la mirada de los inversores como un escrutinio físico. A su lado, Julián Varela mantenía una postura impecable, su mano sobre la cintura de ella actuando no como un gesto de afecto, sino como un grillete de seda que le recordaba su posición en la farsa. Ella sabía lo que él le había hecho años atrás; el documento que confirmaba su complicidad en su exilio ardía en su bolso, un peso muerto que ahora era su arma más afilada.

—Señora Varela, qué gusto verla —la voz de Arturo Méndez cortó la conversación con la suavidad de un bisturí. El rival corporativo de Julián se acercó, sosteniendo una copa de champán con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Aunque, siendo sinceros, el parecido con su hermana es... notable. Casi perturbador, diría yo, considerando que la señorita Valdés que todos conocíamos tenía una elegancia menos, digamos, calculadora.

El silencio en la mesa principal se volvió absoluto. Beatriz Valdés, sentada al otro extremo, palideció, sus ojos clavados en Elena con una mezcla de terror y odio. Elena sintió el pulso de Julián tensarse bajo su mano. Él podría dejarla caer; podría distanciarse y dejar que Méndez desmantelara su identidad frente a los accionistas. Sin embargo, Julián dio un paso adelante, su cuerpo bloqueando la línea de visión de Méndez con una posesividad gélida.

—La elegancia, Arturo, es algo que se adquiere con la supervivencia —respondió Julián, su voz resonando con una autoridad que obligó a Méndez a retroceder—. Y mi esposa ha sobrevivido a cosas que tú ni siquiera podrías deletrear en tus informes anuales. No vuelvas a cuestionar a la mujer que sostiene el cincuenta y uno por ciento de las decisiones en esta mesa.

Elena contuvo el aliento. El gesto, aunque dictado por su propio interés en la fusión, era una declaración de guerra contra Méndez y un escudo protector para ella. La humillación que habían planeado para ella se había convertido en un campo de minas para sus enemigos.

Minutos después, aprovechando la distracción del discurso, Elena se deslizó hacia los pasillos privados. La tregua de cristal era frágil, y ella necesitaba respuestas. Julián la alcanzó cerca de la oficina de seguridad, su sombra alargándose sobre las paredes de terciopelo. —No intentes jugar a ser la víctima, Elena —dijo él, su voz apenas un susurro áspero—. Sé exactamente lo que buscabas en esa caja fuerte. La curiosidad es un lujo que no puedes permitirte si quieres conservar esa cláusula de socia mayoritaria.

Elena se giró, su rostro una máscara de porcelana impasible. Sacó el sobre sellado de su bolso, el que contenía las pruebas de su exilio forzado y la firma de Julián autorizando su partida años atrás. —Lo llamo auditoría de riesgos, Julián. Descubrir que el hombre con el que estoy a punto de cerrar una fusión fue el mismo que firmó mi sentencia de invisibilidad no es curiosidad, es legítima defensa.

Julián se tensó. Por un segundo, la máscara de acero del magnate se agrietó, revelando una vulnerabilidad oscura, una deuda de honor que lo mantenía encadenado a los Valdés. —Tengo que proteger esta fusión, Elena. Mis manos estaban atadas entonces, y lo están ahora. Si quieres esa venganza, úsala. Pero si la usas ahora, ambos caeremos.

—Entonces juguemos a ganar —respondió ella, guardando el sobre. Se deslizó hacia el despacho privado de él, decidida a obtener la pieza final de evidencia: la transferencia de activos original. El código, obtenido mediante una brecha que ella misma había forzado en el servidor, cedió con un clic metálico. Elena abrió la caja fuerte, sus dedos rozando el documento definitivo.

—Sabía que eras impaciente, Elena, pero no pensé que fueras tan temeraria —la voz de Julián resonó desde el umbral. Él estaba allí, observándola con una intensidad que oscilaba entre el deseo y la advertencia. Elena no saltó. Se giró lentamente, con el documento en la mano, dejando que él viera la prueba de su traición bajo la luz cálida de la lámpara. Julián no llamó a seguridad. En su lugar, dio un paso dentro del despacho y cerró la puerta con llave, encerrándolos en un espacio donde la mentira ya no tenía lugar para esconderse.

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