El precio de la protección
El café en el ático de Adrián de la Vega no estaba frío por negligencia, sino por una elección deliberada de diseño: un recordatorio constante de que la calidez era un lujo que su contrato matrimonial no contemplaba. Elena observó el vapor elevarse, una voluta solitaria contra la frialdad del mármol. Faltaban tres horas para la firma definitiva de la fusión Valdés-De la Vega. Tres horas para convertir su suplantación en una jaula de oro o en su mayor arma.
Adrián estaba frente a la ventana panorámica, analizando los mercados asiáticos con una calma que a Elena le resultaba insultante. Él sabía que ella no era Isabela. Lo había confirmado anoche, tras el incidente con la prensa, y sin embargo, el juego continuaba.
—Tu hermana siempre prefirió los diamantes a los dividendos —dijo él, sin volverse, su voz cortando el silencio como una cuchilla—. Tú, en cambio, pareces obsesionada con los documentos legales. ¿Qué es lo que realmente buscas, Elena?
Elena no se inmutó. Había dejado de interpretar a la hermana dócil. Con un movimiento calculado, deslizó un sobre sellado sobre la superficie pulida de la mesa. El sonido del papel contra la piedra fue el único aviso antes de que el ambiente se cargara de una electricidad peligrosa.
—Si quieres que este matrimonio funcione, esta es la única condición que aceptaré —sentenció ella, manteniendo la mirada fija en su nuca.
Adrián se giró. Sus ojos grises, afilados como el acero templado de su despacho, recorrieron el sobre antes de encontrarse con los de ella. No había rastro de la galantería que los medios le atribuían; solo quedaba la mirada de un depredador que acababa de encontrar una presa que se negaba a correr.
—¿Condiciones? —Adrián soltó una risa seca, desprovista de humor, mientras se acercaba a la mesa—. Estás en mi casa, bajo mi protección, suplantando a una mujer que ha huido dejando un desastre financiero a su paso. Tu posición es, en el mejor de los casos, precaria.
—Mi posición es la única que te permite cerrar este acuerdo sin que los accionistas descubran que los Valdés están en bancarrota técnica —replicó Elena, su voz firme, despojada de cualquier titubeo—. He revisado el flujo de caja de la filial de Querétaro. Ese fondo de inversión fantasma que ustedes crearon para desviar las pérdidas no es un secreto para mí. Si el contrato se firma bajo los términos actuales, serás tú quien se hunda conmigo cuando la verdad salga a la luz.
Adrián se detuvo en seco. La tensión en la habitación cambió de polaridad; ya no era una confrontación de superior a subordinada, sino una negociación entre iguales peligrosos. Él se inclinó sobre la mesa, invadiendo su espacio personal, pero Elena no retrocedió. La cercanía del magnate era un campo minado de deseo y desconfianza, pero ella se mantuvo inamovible.
—Eres más peligrosa de lo que imaginaba —susurró él, su voz descendiendo a un tono grave que aceleró el pulso de Elena a pesar de su esfuerzo por mantener la calma—. Quizás por eso no te he entregado a la policía.
Antes de que pudiera continuar, el estruendo de la puerta principal del ático rompió la atmósfera. Voces autoritarias y el sonido de pasos metálicos resonaron en el vestíbulo. Eran hombres de seguridad de la familia Valdés, enviados por su padre. Venían a recuperar el activo que se les escapaba de las manos.
—«Isabela» —rugió uno de los guardias, irrumpiendo en el comedor—. El señor Valdés requiere su presencia. Ahora.
Elena sintió un escalofrío. Si la obligaban a irse, su plan de reclamar su herencia moriría con ella. Antes de que pudiera reaccionar, Adrián se interpuso entre ella y los intrusos. Su presencia física era imponente, una barrera de autoridad que obligó a los guardias a detenerse.
—Ella está bajo mi protección ahora —declaró Adrián, su tono dejando claro que cualquier paso más allá sería un acto de guerra—. Y en mi casa, las reglas las dicto yo. Nadie la toca.