El precio de la protección
El vestido de alta costura, un diseño de seda cruda que parecía esculpido sobre su piel, era más una soga que una prenda de gala. Ana Lucía permanecía inmóvil frente al espejo de la suite en el Hotel Continental, sintiendo cómo las costuras le recordaban su precariedad. Cada fibra del tejido, valorado en más de lo que ella ganaba en un año de trabajo, era un recordatorio de que su identidad ya no le pertenecía. A menos de diez horas para el embargo definitivo de su hogar, el lujo se sentía como una burla.
—No respire tan profundo, señorita —murmuró la estilista, ajustando el corsé con una fuerza que le quitaba el aliento—. La prensa no busca una mujer, busca una imagen. Y hoy, usted es la heredera que el mercado exige.
Ana Lucía apretó los puños, ocultándolos bajo las largas mangas de encaje. Al deslizar la mano por el bolsillo oculto del vestido, sus dedos tropezaron con algo rígido: una nota. El papel era grueso, con un aroma a tabaco y papel viejo. «Sé que no eres ella. Pero si quieres sobrevivir a la noche, recuerda que los Montalvo no perdonan las deudas, solo las compran. Tu prima se llevó el libro, pero tú eres la que está en el contrato. No dejes que te vean temblar».
El salón de gala del Hotel Continental era una jaula de cristal. Ana Lucía se ajustó los guantes, sintiendo cómo el roce de la tela sobre sus muñecas le recordaba la aspereza de las manos de su madre trabajando en la vieja máquina de coser. Allí, entre candelabros de Baccarat y el murmullo de la élite, ella no era Ana Lucía; era una impostora con el destino de su familia atado a una farsa legal.
—El champán tiene un regusto amargo esta noche, ¿no cree? —La voz del Enforcer, un hombre cuyos ojos recordaban a los de un depredador que ha medido perfectamente la distancia de su salto, la sacó de su letargo.
Ana Lucía mantuvo la mirada fija en el horizonte de trajes oscuros. Sus dedos, ocultos tras el abanico, temblaban levemente.
—Supongo que la calidad depende de quién lo sirva —respondió ella, forzando una sonrisa gélida.
El Enforcer se acercó, invadiendo su espacio vital. —Qué curioso. Recuerdo a la heredera real con un gusto más excéntrico. Usted, en cambio, parece haber aprendido a esconder las uñas muy rápido. Casi como si estuviera acostumbrada a vivir de las sobras de otros. ¿Dónde está el libro contable que tu prima olvidó entregar antes de esfumarse? Las crónicas hablaban de una prometida más vivaz. Tú pareces alguien que está esperando el sonido de las sirenas policiales antes que el brindis de compromiso.
El corazón de Ana Lucía martilleaba contra sus costillas. La trampa era evidente: si negaba conocer el paradero del libro, parecería ignorante; si admitía algo, confirmaría su suplantación. Antes de que pudiera articular una respuesta, una mano firme, enguantada en cuero fino, se posó sobre su cintura. La presión fue absoluta, un ancla que la obligó a girarse. Valdemar estaba allí, su presencia bloqueando la visión del Enforcer como un muro de mármol negro.
—Creo que mi prometida ya ha dicho suficiente, ¿no le parece, señor Varga? —La voz de Valdemar era baja, desprovista de calidez, pero cargada de una autoridad que hizo que el Enforcer retrocediera un paso—. Si tiene alguna pregunta sobre las finanzas de mi futura esposa, le sugiero que la formule a mis abogados, no a ella. A menos, claro, que prefiera que discutamos sus propias irregularidades en la última auditoría de la empresa.
El Enforcer palideció, su máscara de depredador agrietándose ante la mención de una auditoría. Valdemar no esperó respuesta. Con una frialdad calculada, giró a Ana Lucía hacia él, ocultándola de la vista del resto de los invitados. La presión de su mano en su cintura era una posesión estratégica, una señal para todos los presentes de que ella le pertenecía y, por ende, estaba fuera de los límites de cualquier otro lobo en la sala.
—Tu pulso me dice que casi te rompes —susurró él, acercando sus labios a su oído. El aroma de Valdemar, una mezcla de sándalo y poder, la envolvió por completo. Ana Lucía contuvo el aliento. —No soy tan frágil como crees.
—Lo sé —respondió él, con una nota de algo oscuro y peligroso en su voz—. Sé exactamente quién eres, Ana Lucía. Y sé que tu casa será embargada al amanecer. Pero antes de que te presentes ante la prensa, recuerda esto: ahora eres mía, y mi protección tiene un precio que aún no has empezado a pagar.
La empujó suavemente hacia el centro de la pista, donde los flashes de las cámaras comenzaron a estallar como disparos. Ana Lucía caminó con la cabeza en alto, sintiendo el peso de la mentira y la promesa de una deuda aún mayor, mientras Valdemar, el hombre que la había comprado, la presentaba ante el mundo como su trofeo.