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Chapter 6: Protección a cualquier costo

Julián confronta a Elena sobre la interferencia de Varela y la lleva a su despacho para revelar la magnitud de su control sobre las deudas familiares. Tras un intento de emboscada de Varela en el estacionamiento, Julián interviene físicamente, revelando una vulnerabilidad protectora que sorprende a Elena.

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Protección a cualquier costo

El aire en la suite privada del hotel era denso, cargado con el aroma de los lirios y la estática de una confrontación inevitable. Julián cerró la puerta con un golpe seco, un sonido que resonó como el sello final de una celda. No hubo cortesía; su mirada, afilada y desprovista de su habitual máscara de indiferencia, se clavó en Elena con la precisión de un bisturí.

—¿Qué te ha prometido Varela? —preguntó él. Su voz no era un grito, sino una sentencia baja y gélida que hizo que Elena apretara los dedos contra el borde del tocador, sintiendo el frío del mármol bajo sus uñas.

Elena mantuvo la frente en alto, aunque su corazón golpeaba contra sus costillas con una urgencia traicionera. Tenía el sobre con las pruebas oculto bajo el forro de su bolso de mano, un peso que le quemaba la piel. Ricardo Varela no solo le había ofrecido una salida; le había entregado el arma necesaria para demoler el imperio Santoro y vengar la quiebra de su padre.

—Nada que te incumba, Julián —respondió ella, forzando la estabilidad en su voz.

Julián acortó la distancia en dos zancadas, invadiendo su espacio vital. Colocó una mano en la pared, justo al lado de la cabeza de ella, encerrándola. No había deseo en su gesto, solo una posesividad territorial que le cortaba la respiración.

—Todo lo que ocurre en tu vida, Elena, me incumbe desde el momento en que firmaste ese contrato. Varela no es un aliado, es un buitre esperando a que yo me descuide para devorarte a ti primero. Si crees que te dejaré jugar con fuego sin quemarte, te equivocas.

La llevó a su despacho privado en el consorcio esa misma noche, un mausoleo de cristal y acero donde la verdad se sentía más fría. Allí, sobre la mesa de caoba, la obligó a confrontar los documentos del 'Proyecto Disolución'. Julián no negó su culpa; la expuso con una crueldad metódica.

—Mi familia me presionó para casarme, sí. Pero no elegí a cualquier mujer, Elena. Elegí a la única que tenía algo que perder y la inteligencia suficiente para no dejarse destruir por los otros depredadores de este consejo.

Elena sintió un escalofrío al ver las cifras. Él había estado comprando las deudas de su familia meses antes de la gala, no para salvarlos, sino para centralizar el poder. Sin embargo, al ver los registros, se dio cuenta de algo más: Julián había bloqueado sistemáticamente a otros acreedores más despiadados que Varela. La dinámica de poder cambió en un instante; ella ya no era solo una víctima, sino alguien que poseía el arma definitiva contra él.

Al salir del despacho, el teléfono de Elena vibró. Varela la esperaba en el estacionamiento.

—Mañana presentaré las pruebas —susurró Varela, apoyado en su sedán—. Si me entregas el sobre que Julián te dio, su herencia se evapora y tú eres libre.

Elena lo miró, fingiendo duda, mientras guardaba el sobre. Sabía que Varela era más peligroso que el propio Julián. Decidió guardar las pruebas, no por amor, sino por una estrategia de supervivencia calculada: si Julián caía, ella caía con él.

Cuando se disponía a subir al auto, los hombres de Varela la flanquearon.

—Solo entregue el sobre, señora Santoro —dijo el más alto.

Elena retrocedió hasta chocar contra un vehículo. De pronto, un motor rugió y los faros del Mercedes de Julián cortaron la oscuridad. Él bajó del auto, la corbata floja y la furia contenida en cada músculo. Sin una palabra, agarró al primero de los hombres por la solapa y lo estampó contra una columna de concreto.

—Aléjense de mi esposa —ordenó.

Julián recibió un golpe en el rostro mientras protegía a Elena, rompiendo su fachada de invulnerabilidad. Al quedar solos, el heredero, respirando con dificultad, la tomó del rostro. No había frialdad, solo una urgencia cruda.

—No eras la candidata que esperaba —admitió, con la voz rota por la adrenalina—, pero eres la única que ha logrado que rompa mis propias reglas. Mi familia me obligó a buscar una esposa, Elena, pero no me dijeron que tendría que luchar contra el mundo entero solo para mantenerte a mi lado.

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