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Chapter 4: Estrategias de proximidad

Elena y Julián mantienen una tregua tensa mientras ella procesa la traición de la auditoría. Un roce accidental en la cocina escala la tensión sexual, pero la aparición de una oferta externa de un rival de Julián coloca a Elena ante un dilema moral: su libertad a cambio de la destrucción de los Santoro.

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Estrategias de proximidad

El silencio en el comedor de la mansión Santoro no era una ausencia de ruido, sino una arquitectura de cristal a punto de estallar. A través de los ventanales reforzados, Elena observaba las siluetas de los fotógrafos apostados en el perímetro, esperando un atisbo de la pareja perfecta que, en realidad, se desangraba en privado. Elena dejó el tenedor sobre el plato de porcelana con un chasquido deliberado. Frente a ella, Julián ni siquiera parpadeó. Seguía analizando un informe en su tableta, su rostro una máscara de frialdad quirúrgica que ocultaba el hecho de que ambos conocían la verdad: el «Proyecto Disolución» no fue una contingencia, sino un plan trazado con precisión militar seis meses antes de que la reputación de los Valdés colapsara.

—El café está frío —dijo Elena, su voz carente de cualquier calidez—. Igual que tus justificaciones.

Julián levantó la mirada. Sus ojos, oscuros y calculadores, no mostraron remordimiento, solo una intensa vigilancia. Dejó el dispositivo sobre la mesa y, sin mediar palabra, deslizó un sobre de cuero oscuro hacia ella. Elena lo observó con sospecha; esperaba otra cláusula, otro grillete legal que atara su voluntad a la herencia Santoro.

—No es un contrato, Elena —dijo Julián, con esa voz grave que siempre lograba que el aire en la habitación se volviera denso—. Es la auditoría forense completa de los activos de tu padre. La real, no la que el banco presentó. Tu padre no fue solo una víctima de la mala gestión; fue un peón en un juego de ajedrez donde alguien más movió las piezas primero. Estoy protegiendo lo que queda de tu apellido para que, cuando este contrato termine, tengas algo a qué regresar.

Elena sintió un escalofrío. Si él decía la verdad, el enemigo era otro, pero el hecho de que él hubiera tenido esa información desde el inicio era una traición de otra naturaleza. Ella no era una aliada; era un activo bajo vigilancia.

Más tarde, en el despacho, la tensión se trasladó a los planos arquitectónicos que Elena intentaba salvar. Julián estaba allí, observando su trabajo con una intensidad que se sentía como una marca física. Al acercarse, el aroma a sándalo y tabaco que lo rodeaba parecía invadir su espacio personal, recordándole que su autonomía estaba hipotecada a ese hombre de mármol.

—Tu talento es el único activo de los Valdés que no fue un error de cálculo —sentenció él, su voz rompiendo la concentración de Elena—. Lo que llamas 'Proyecto Disolución' fue una reestructuración necesaria. Tu padre no sabía gestionar su legado; yo simplemente evité que el edificio se derrumbara sobre ti.

—Lo que llamas 'evitar el derrumbe' tiene un precio que no pedí pagar —respondió ella, enfrentándolo directamente—. Y cada día que paso aquí, bajo tu techo, entiendo que tú no salvaste a los Valdés. Los compraste.

La noche trajo consigo un cansancio que hizo mella en sus defensas. A las tres de la mañana, la cocina se convirtió en el único terreno neutral. Elena buscaba una infusión, intentando ignorar la presencia de Julián, quien estaba de pie junto a la isla central con una copa de whisky. Al intentar alcanzar una taza, sus dedos se rozaron accidentalmente. El contacto fue breve, eléctrico, una descarga que recorrió la espina dorsal de ambos. Ninguno retiró la mano de inmediato. La proximidad era un campo de minas donde la desconfianza absoluta chocaba contra una atracción innegable. Julián dio un paso más, acorralándola contra la encimera. Sus ojos, antes fríos, ahora ardían con una intensidad que no era de arrepentimiento, sino de una posesión que el contrato no alcanzaba a definir. Justo cuando el aire entre ellos se volvía irrespirable, el teléfono de Elena, olvidado sobre la mesa, vibró. Un mensaje en la pantalla mostraba un remitente desconocido con una propuesta: una salida del contrato a cambio de información que destruiría la herencia de los Santoro. El dilema la golpeó con la fuerza de un rayo: la libertad tenía un precio, y ese precio era la ruina del hombre que, a su manera, la mantenía a salvo.

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