La caída de los ídolos
El silencio en la suite privada del hotel no era paz; era el vacío que queda tras una explosión. Elena se acercó al ventanal, observando las luces de la Ciudad de México como si fueran brasas a punto de extinguirse. El escándalo que había desatado en la gala no era solo un titular; era la demolición controlada de su propia vida. El apellido Varela, que durante años le sirvió de armadura, ahora se sentía como una marca de infamia que le quemaba
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