Escudo de cristal
El aire en el ascensor privado del Hotel Imperial era una mezcla de sándalo caro y una electricidad estática que erizaba la piel de Elena. Mientras el ascensor descendía, Julián Valdemar permanecía a su lado, impecable, con el rostro tallado en una calma que resultaba insultante ante el caos que los esperaba apenas se abrieran las puertas de acero.
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