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Chapter 5: El precio de la protección

Elena enfrenta el escrutinio de Victoria de la Vega durante una cena tensa, revelando que el Libro C-9 es el eje de su conflicto. Julián defiende a Elena con una frialdad corporativa que la aísla, ofreciéndole una compensación material que ella rechaza. El capítulo termina con la amenaza directa de Victoria sobre el paradero del libro y la inminente partida a Ginebra, forzando a Elena a elegir un bando antes del despegue.

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El precio de la protección

El tintineo del cristal contra la porcelana era el único sonido en el comedor privado de los De la Vega, un silencio tan denso que parecía tener peso propio. Victoria de la Vega, impecable en su traje de seda color esmeralda, dejó su copa y clavó sus ojos gélidos en Elena. La cena, convocada con la excusa de apaciguar a los inversores tras la filtración de la cláusula 4.2, se había convertido en un campo de ejecución social.

—Me pregunto qué clase de dote aporta una mujer sin apellido a una empresa que se desmorona —soltó Victoria, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Supongo que Julián se aburre de las mujeres de su círculo y busca algo más... desechable.

Julián, a su lado, ni siquiera parpadeó. Su frialdad era una muralla tras la que se ocultaba cualquier rastro de humanidad. Elena apretó los cubiertos, sintiendo cómo el desdén de la mujer le quemaba la piel. No podía permitirse el lujo de la vulnerabilidad; no cuando su supervivencia dependía de su capacidad para mantenerse en pie bajo el fuego cruzado.

—Lo que mi familia aportó a su empresa, Victoria, fue el silencio sobre quién causó realmente la quiebra —respondió Elena, inclinándose hacia adelante, manteniendo el contacto visual—. Pero el Libro de Contabilidad C-9 suele aparecer cuando uno menos lo espera. ¿No es así?

El silencio que siguió fue absoluto. Victoria dejó su copa con una lentitud deliberada, provocando un tintineo que resonó como un disparo. Sus ojos, afilados como bisturís, recorrieron el rostro de Elena sin rastro de sorpresa, solo con una complacencia gélida que hizo que la sangre de la joven se helara. Julián tensó la mandíbula, su mano rozando apenas el borde de la silla, pero permaneció mudo, observando la partida de ajedrez con una intensidad depredadora.

Más tarde, en el despacho, el aire olía a cuero antiguo y a la frialdad metálica de una caja fuerte recién cerrada. Victoria no se había sentado; permanecía frente al ventanal, con la silueta recortada contra las luces de una ciudad que, para ella, era poco más que un tablero de juego.

—El Libro C-9 no es una reliquia, Elena —dijo Victoria, su voz carente de calidez—. Es la única razón por la que mi hijo te permite respirar bajo este techo. Sé lo que escondes y sé exactamente cuánto vale tu silencio.

Antes de que Elena pudiera articular una réplica, la puerta se abrió con un chasquido seco. Julián entró, su presencia cortando el aire como una hoja de afeitar.

—Fuera, madre —ordenó, sin mirarla—. Has cruzado la línea. Este contrato es mi territorio, y Elena es mi activo principal. Si vuelves a hostigarla, me aseguraré de que la junta sepa quién filtró la cláusula de confidencialidad.

Victoria sonrió, una mueca de victoria prematura, y salió del despacho. Cuando quedaron solos, el silencio se tensó como una cuerda de piano. Elena permaneció frente al escritorio, sintiendo cómo la barrera de Julián se volvía inexpugnable. Sin decir una palabra, él abrió un cajón y extrajo un estuche de terciopelo azul marino. Lo deslizó sobre la superficie pulida hacia ella.

—Es una compensación por la incomodidad de esta noche —sentenció, con una neutralidad que dolía más que cualquier grito—. El valor del collar cubrirá cualquier daño reputacional.

Elena no tocó el estuche. Su dignidad se rebeló.

—No soy una empleada a la que se le paga un extra por soportar abusos, Julián. El libro es justicia, no una moneda de cambio.

Él levantó la vista, sus ojos oscuros desprovistos de calidez.

—El libro es la prueba de que mi padre orquestó la ruina de los Valdés. Si lo recupero, el holding es mío, y tú serás libre de esta farsa. Pero hasta entonces, te vas a Ginebra conmigo. Mañana a primera hora. Es la única forma de desviar la atención antes de que los accionistas exijan una auditoría.

Elena sintió un escalofrío. El viaje no era una tregua; era el campo de batalla final. Al volverse para marcharse, un sobre deslizado bajo la puerta del despacho captó su atención. Lo abrió con manos temblorosas. Dentro, una nota de Victoria: «Sé dónde está el libro, Elena. Y sé que Julián te matará si lo encuentra antes que tú. Elige tu bando antes de que el avión despegue».

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