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Chapter 2: Desayuno en el hielo

Elena intenta adaptarse a la vida en el penthouse bajo las estrictas reglas de Julián, quien utiliza el matrimonio como un escudo corporativo. La tensión aumenta cuando la prensa filtra detalles confidenciales del contrato, provocando que Julián acuse a Elena de traición y amenace la validez del acuerdo.

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Desayuno en el hielo

El mármol de la mesa del comedor, veteado de un gris tan gélido como la mirada de Julián de la Vega, parecía absorber cualquier rastro de calor en el penthouse. Elena Valdés dejó el tenedor sobre el plato de porcelana, un tintineo metálico que resonó en el silencio absoluto como una sentencia. Frente a ella, Julián no había levantado la vista de su tableta; sus dedos se deslizaban sobre la pantalla con una precisión mecánica que le resultaba tan ajena como el lujo estéril que los rodeaba.

—Las reglas son simples, Elena —dijo él, sin inflexión—. No hay apariciones públicas sin mi aprobación. Cualquier contacto con tus antiguos socios debe pasar por mi equipo de seguridad. Tu vida privada, a partir de hoy, es una extensión de mi marca corporativa.

Elena apretó los puños bajo la mesa, sintiendo el ardor de la humillación. Había firmado el contrato en la gala para evitar la ruina total tras la quiebra orquestada de su padre, pero no había previsto el precio: una jaula de oro donde su voz era un activo prescindible.

—No soy un mueble de tu colección, Julián —respondió ella, obligándose a mantener la mirada firme.

Julián finalmente alzó la vista. Sus ojos, oscuros y analíticos, la escaneaban como si ella fuera un error en sus proyecciones financieras.

—Tu oficina ya no es tuya, Elena. Tu padre fue despojado de todo antes de que tú supieras que el barco se hundía. ¿Crees que eres libre de moverte mientras los acreedores aún tienen tu nombre en sus listas negras?

El teléfono de Julián vibró. Él lo deslizó hacia su lado, desvió la llamada con un gesto desdeñoso y, al ver el nombre en pantalla, una sombra de satisfacción cruzó su rostro. Era un acreedor, uno de los tantos que Elena había intentado evadir. Él ya los controlaba, convirtiendo sus deudas en su propia cadena de mando.

—Tu seguridad es mi prioridad porque mi reputación es la tuya —añadió él, entregándole un dispositivo de comunicación encriptado—. Úsalo. No quiero filtraciones que arruinen el cronograma. Tenemos menos de un mes para que esta unión sea incuestionable ante la junta.

El ambiente se volvió asfixiante cuando, minutos después, el destello de una luz cegadora parpadeó desde el edificio de enfrente. Fotógrafos. El acecho había comenzado. Julián se puso en pie con una fluidez depredadora y rodeó la mesa en dos zancadas. Antes de que Elena pudiera protestar, su mano, firme y posesiva, se cerró sobre el antebrazo de ella, obligándola a levantarse y dirigirse al balcón.

—Actúa, Elena —susurró él cerca de su oído, un aliento frío que contrastaba con la intensidad de su agarre—. Si el mercado duda de nuestra alianza, ambos perderemos. Sonríe para ellos.

Ella se tensó, resistiéndose, pero él la atrajo hacia su costado con una fuerza que no admitía réplica. Mientras los flashes estallaban, Elena sintió la contradicción de su odio hacia la situación y la seguridad que él le brindaba al ocultarla de la voracidad de la prensa. Era una protección que se sentía como un grillete.

Al regresar al interior, el silencio duró apenas un suspiro. Un coro estridente de alertas simultáneas estalló en el salón. Sus teléfonos, olvidados sobre el mármol, vibraron al unísono. Julián tomó el suyo, palideciendo al instante. La noticia era viral: los detalles específicos de su compromiso, incluyendo una cláusula de confidencialidad que solo ellos conocían, habían sido filtrados.

Julián lanzó el teléfono sobre la mesa con violencia, sus ojos grises clavados en ella como dagas.

—Nadie sabía de esto, excepto tú —siseó, invadiendo su espacio personal hasta que Elena pudo sentir el aroma a café amargo y autoridad que emanaba de él—. Si tú fuiste la fuente, el contrato es papel mojado.

Elena retrocedió, su mente escaneando frenéticamente el documento. El apartado 4.2, la penalización por filtración, brilló en su memoria como una amenaza inminente. El peligro no solo estaba fuera, en los fotógrafos; estaba dentro, en la traición que apenas comenzaba a revelarse.

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