The Missing Ledger
El aire en la trastienda de la oficina de Don Ernesto era denso, una mezcla de tinta seca, humedad y el aroma dulzón del té de jazmín que se enfriaba en una taza de porcelana astillada. Valeria Leal no se quitó el abrigo. El frío de la calle, un invierno que se filtraba por las rendijas de los ventanales del Barrio Chino, parecía haberla seguido hasta el interior del archivo familiar.
Frente a ella, Don Ernesto mantenía las manos entrelazadas sobre el escritorio. Sus dedos, manchados de tinta, se movían con una rigidez que Valeria conocía bien: era la postura de quien protege un secreto no por malicia, sino por una disciplina que rayaba en el fanatismo.
—No es el momento, Valeria —dijo él, sin levantar la vista de un manifiesto de embarque que
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