El peso de la herencia
El aire en el depósito industrial sabía a metal oxidado y a una humedad que se adhería a la piel como una condena. Mateo estaba allí, encorvado entre cajas de carga, rodeado de legajos que pronto serían ceniza o evidencia. Cuando Adrián se acercó, el silencio se rompió con el crujido seco de un papel en la mano de su mentor.
—No deberías haber venido, Adrián —dijo Mateo, sin levantar la vista. Su voz era la de alguien que ya había cruzado el umbral del no retorno—. Ya no hay nada que salvar aquí, solo cuentas que cerrar.
—Tengo las pruebas contra Javier —respondió Adrián, sacando el sobre con la firma falsificada. Su pulso martilleaba contra sus costillas—. Si volvemos, si presentamos esto ante la asamblea, podemos detener el desfalco. Podemos l
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