La garantía del forastero
El aire en la Oficina de Registro de Propiedades sabía a polvo viejo y a la derrota de los que llegan tarde. Adrián, con la corbata apretada contra el cuello como una soga, observaba al funcionario. El hombre tecleaba con una parsimonia que parecía diseñada para humillarlo, sus ojos saltando del monitor a la pila de documentos que Adrián había traído con la vana esperanza de que fueran su salvoconducto.
—No hay tal propiedad, señor —dijo el funcionario, sin levantar la vista—. El catastro no registra ninguna parcela a nombre de su padre. Ni aquí, ni en el distrito colindante.
Adrián sintió un vacío gélido. Había pasado la noche convencido de que, al liquidar la finca que su padre mencionaba en sus cartas, compraría su salida limpia de ese centro
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