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Chapter 5: Sombras en el umbral

Lucía y Mateo luchan contra una tormenta que amenaza con destruir la estructura de la casa y el diario de mantenimiento. Durante la crisis, descubren los planos originales ocultos en una pared, revelando que la casa requiere un mantenimiento específico para sobrevivir. Lucía arriesga su seguridad para recuperar el diario, siendo rescatada por Mateo, quien revela un fragmento de su pasado.

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Sombras en el umbral

El cielo sobre el barrio no anunció su llegada; simplemente se fracturó. Lucía estaba en el centro del patio, ajustando los contrapesos de la viga este, cuando el primer trueno retumbó con una intensidad que hizo vibrar el suelo bajo sus botas. La lluvia cayó como un muro sólido, golpeando las tejas antiguas con un estruendo que ahogó cualquier intento de calma.

—¡No ahora! —gritó, aunque el viento se llevó sus palabras hacia los aleros oscuros.

El agua, convertida en un torrente incontrolable, comenzó a filtrarse por las grietas que apenas ayer Mateo había sellado. Lucía corrió hacia la mesa de madera donde descansaba el diario de su tía. El papel estaba seco, pero una gota gruesa, filtrada desde el techo, impactó justo al lado de una anotación crítica sobre los cimientos del ala oeste. El pánico, frío y punzante, se instaló en su pecho. Si el diario se perdía, la inspección técnica de mañana sería su sentencia de muerte.

—¡Lucía, sal de ahí! —La voz de Mateo cortó la penumbra. Entró en el ala este con el impermeable empapado, sus botas resonando contra la madera inestable. No perdió tiempo; sus ojos, expertos y cansados, se fijaron en la viga principal que se arqueaba bajo la presión del agua acumulada.

—El diario tiene los planos, Mateo. Si esto cae, perdemos la única prueba de que esta casa tiene salvación antes de la inspección —respondió ella, con la voz firme a pesar de que sus manos temblaban mientras sostenía el libro contra su pecho.

Mateo se acercó con una agilidad tensa y agarró un puntal de madera de roble, empujándolo bajo la viga que gemía. —Necesito que coloques la cuña. Ahora, Lucía. Si la viga cede, la estructura colapsará hacia el patio. Es ahora o nunca.

Lucía se deslizó por el suelo, sintiendo el frío del agua que ya empapaba sus pantalones. Mientras forcejeaban con la madera, una sección del muro este cedió con un estrépito seco, revelando un hueco oscuro que no aparecía en los planos antiguos. Al retirar los paneles podridos, Lucía encontró una caja metálica oculta. Dentro, protegidos por una capa de cera, reposaban los planos originales de la casa de té. No eran simples dibujos; eran una red compleja de drenajes y refuerzos que, según las notas al margen de su tía, debían mantenerse limpios para que la casa pudiera respirar. La casa no se inundaba por mala suerte; estaba diseñada para avisar cuando el mantenimiento fallaba.

—Mira esto —Lucía extendió el papel bajo la luz de la linterna—. La casa no está cayendo, está pidiendo ser salvada.

Con la tormenta amainando, el silencio volvió a ser tenso. Lucía miró hacia el patio, donde el agua aún cubría las baldosas. El diario se había quedado en la zona más inestable, cerca de la columna que crujía. Sabía que cruzar ese umbral era arriesgarse a que el techo cediera, pero sin ese registro, no podría demostrarle a la inmobiliaria que la casa era funcional.

Se lanzó hacia el patio, con los dedos extendidos. El agua le cubrió los tobillos y el suelo bajo sus pies cedió ligeramente. Sus manos rozaron la cubierta de cuero desgastado del diario justo cuando una sección del alero superior se desprendió, lanzando tejas rotas a centímetros de su cabeza. Mateo, con el rostro desencajado por la urgencia, se abalanzó sobre ella, sujetándola por la cintura y arrastrándola hacia la seguridad del ala este, lejos del derrumbe inminente.

—¡Casi te matas por un libro, Lucía! —exclamó él, con la respiración entrecortada. Sus cuerpos quedaron tan cerca que Lucía pudo sentir el calor que irradiaba el pecho de Mateo bajo su ropa mojada.

Él la soltó, pero no se alejó. Sus ojos, habitualmente reservados, se clavaron en los de ella con una intensidad que no tenía nada que ver con la arquitectura.

—Me quedé en este barrio porque perdí mi propia casa por no luchar a tiempo —confesó Mateo, bajando la voz—. No voy a dejar que te pase lo mismo, aunque tenga que obligarte a salir de aquí a rastras.

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