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Chapter 4: Grietas en la fachada

Mateo busca a Chen, un antiguo socio de su abuelo, para entender cómo usar el libro de cuentas contra Don Julián. Descubre que el libro también pone en riesgo a los vecinos debido a sus estatus migratorios irregulares. Tras ser emboscado por matones de Julián y defenderse físicamente, Mateo se refugia con Elena y descubre en el testamento del abuelo una cláusula discriminatoria que excluye a Elena, complicando su lealtad familiar.

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Grietas en la fachada

El aire en los sótanos del Barrio Chino era una amalgama espesa de humedad, especias rancias y el olor metálico de la desesperación. Mateo se ajustó el abrigo, sintiendo el peso del libro de cuentas contra sus costillas; un lastre que, más que un objeto, se sentía como una sentencia. Faltaban menos de cuarenta y ocho horas para el lunes, el momento en que la maquinaria de Don Julián, silenciosa pero implacable, prometía convertir el bloque de su abuelo en un solar vacío. Caminaba con la rigidez de quien aún intenta mantener la compostura de un despacho de abogados, pero aquí, entre los puestos clandestinos y las miradas que se desviaban como ante un extraño, su traje impecable solo le servía para marcarlo como una presa.

Encontró a 'El Chino' Chen al fondo, tras una mesa cargada de dispositivos electrónicos de procedencia dudosa. El viejo, un socio de su abuelo cuya lealtad se medía en décadas de favores no registrados, lo observó con ojos que habían visto demasiados desalojos como para impresionarse por un título académico.

—No deberías estar aquí, Mateo —dijo Chen, su voz raspando como lija—. Ese libro que llevas no es un trofeo. Es un testamento de los que ya no están.

—He rechazado el dinero de Julián —respondió Mateo, acercándose. El ruido de una construcción lejana vibraba en el suelo, un recordatorio de que el tiempo se agotaba—. Sé que mi abuelo financió mi carrera con el sudor de este bloque. Pero el libro también contiene los nombres de los políticos que Julián tiene en su bolsillo. Necesito saber cómo usar esto para bloquear el desalojo.

Chen soltó una carcajada seca, desprovista de humor.

—¿Crees que la ley te protegerá? Julián tiene copias de los documentos de inmigración de la mitad de estos vecinos. Si sacas ese libro a la luz, no solo hundes a los políticos, expones a las familias que intentas salvar.

La revelación golpeó a Mateo con la fuerza de un golpe físico. El libro no era una espada, era un arma de doble filo que podía destruir la misma comunidad que intentaba proteger.

Al salir del mercado, la adrenalina que lo mantenía en pie empezó a mezclarse con un frío metálico en la nuca. El callejón que conectaba con la calle principal estaba sumido en una penumbra opresiva. No hubo saludo. Un hombre robusto, con la piel curtida por años de sol y sombra, le bloqueó el paso. Detrás de él, otro, más joven, cerró la salida con una parsimonia que cortaba la respiración.

—El abogado ha estado ocupado jugando a los detectives —dijo el primero. Su voz era un susurro rasposo, carente de la cortesía corporativa de Don Julián—. Pero en este barrio, las leyes se escriben con tinta que no se borra. Y la tuya se está secando.

Mateo intentó invocar su lógica profesional, pero el instinto lo detuvo. Aquí, el contrato era un idioma muerto. Cuando el hombre intentó arrebatarle el maletín, la fachada de profesional civilizado de Mateo se fracturó. Se defendió con una torpeza desesperada, intercambiando golpes contra la pared de ladrillos. El impacto le robó el aire, pero no el libro. En el forcejeo, su traje de marca se desgarró, revelando la camisa manchada de sudor y mugre.

La lucha escaló cuando Elena apareció al final del callejón. Su presencia fue un relámpago de autoridad que obligó a los matones a retroceder, no por miedo a la ley, sino por el respeto visceral que le debían a la guardiana del barrio. Mateo, jadeando y con la ropa hecha jirones, se dejó caer contra el muro mientras ella lo ayudaba a refugiarse en la casa del abuelo.

Al cruzar el umbral, el silencio de la vivienda lo recibió como una acusación. Mientras intentaba recuperar el aliento, sus ojos se posaron sobre un archivo abierto en el escritorio del abuelo. Al hojear los documentos, una verdad más amarga que la amenaza de Julián emergió: Elena, la mujer que lo había defendido, había sido excluida del testamento original por una cláusula arcaica basada en su género. La injusticia, perpetuada por el mismo hombre que él intentaba honrar, lo dejó paralizado. El pacto vecinal que él buscaba salvar estaba construido sobre una base de traición interna. Mateo miró a Elena, cuya mirada estoica escondía una vida de exclusión, y comprendió que su lucha apenas comenzaba.

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