La apuesta final
El despacho de Julián Varela no era una oficina; era un búnker de cristal suspendido sobre la Ciudad de México. El aire, filtrado y gélido, no lograba enfriar la sangre de Elena. Sobre la mesa de caoba, los documentos que Beatriz Varela había intentado incinerar formaban una montaña de pruebas irrefutables: malversación, desvío de fondos y la arquitectura de la quiebra de los Valenzuela. Elena los golpeó con la palma de la mano. El sonido seco, como un disparo, rompió el silencio opresivo.
—Tu madre no es la única que ha estado jugando al ajedrez con mi vida, Julián —dijo Elena. Su voz, despojada de cualquier rastro de vulnerabilidad, cortaba el aire—. Sabías lo que mi padre escondía en esos a
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