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Chapter 6: La gala del desastre

Elena y Julián enfrentan el escrutinio público en una gala benéfica donde Arturo Salinas intenta exponer la supuesta criminalidad de Elena. Elena contraataca revelando su conocimiento sobre el fraude de Salinas. Julián, en un acto de protección que sacrifica su estatus social, humilla a un aliado de Salinas, consolidando su alianza táctica con Elena y transformando la naturaleza de su vínculo.

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La gala del desastre

El salón de baile del St. Regis no era un espacio de celebración; era una cámara de presión recubierta de pan de oro y cristal tallado. Elena Valdés, envuelta en un vestido de seda que parecía una armadura de medianoche, sentía el peso de los cientos de ojos que la diseccionaban. Buscaban la grieta, el temblor, la confirmación de que la mujer que había perdido su imperio seguía siendo la misma que ahora se apoyaba en el brazo de Julián Varela.

Julián era una muralla de sastrería impecable y frialdad calculada. Su mano, firme contra la cintura de Elena, no era un gesto de afecto, sino una declaración de propiedad que ella estaba obligada a tolerar hasta la junta del lunes.

—Sonríe, Elena —susurró él, sin mover los labios, mientras ajustaba con precisión quirúrgica el gemelo de su camisa—. La mitad de los presentes apostó a que no te atreverías a aparecer. No les des el placer de verte derrotada.

—No estoy derrotada —respondió ella, manteniendo la vista al frente mientras sostenía la copa de champán con una firmeza que le costaba un esfuerzo sobrehumano—. Solo estoy esperando el momento de recuperar mi agencia. Y tú sabes que el sobre que me diste es mi única moneda de cambio real.

Julián tensó la mandíbula, un destello de algo oscuro cruzando sus ojos antes de que la máscara de heredero impasible volviera a caer. Antes de que pudiera responder, Arturo Salinas se materializó frente a ellos. El mentor de Julián sonrió, una mueca depredadora que no llegaba a sus ojos, flanqueado por periodistas cuya presencia era tan afilada como un bisturí.

—Elena, qué sorpresa ver a la mujer que casi destruye la reputación de los Varela en un evento de caridad —la voz de Salinas cortó el aire, cargada de una falsa cortesía—. ¿Has venido a pedir limosna o a buscar nuevas víctimas para tus fracasos financieros?

Julián dio un paso al frente, su presencia actuando como un muro de contención.

—Cuidado con lo que dices, Arturo. Elena está conmigo.

Salinas ignoró a Julián, clavando su mirada en ella.

—Él no sabe la mitad de la historia, ¿verdad? Tengo documentos que prueban que tu insolvencia no fue un accidente, sino una negligencia criminal. Si Julián supiera lo que realmente escondes bajo ese contrato, te dejaría en la calle antes de que terminara el cóctel.

El corazón de Elena latía con fuerza, pero sus manos permanecieron inmóviles. Recordó la prueba que había encontrado en el despacho de Julián: los desvíos de fondos de Salinas a cuentas offshore que coincidían con las fechas de su propia ruina. En lugar de retroceder, Elena dio un paso al frente, invadiendo el espacio personal de Salinas.

—Quizás deberías guardar esos documentos, Arturo —dijo ella, con una calma gélida que hizo que el mentor parpadeara—. Porque tengo pruebas de que el dinero que falta en las cuentas de Varela Corp no salió hacia mis empresas, sino hacia las tuyas. ¿Quieres que los periodistas vean los estados de cuenta de tus Islas Caimán ahora o prefieres esperar a que Julián los presente en la junta del lunes?

La sonrisa de Salinas se desvaneció. Se retiró, pero el daño estaba hecho; la tensión en la gala alcanzó un punto de ebullición. Ricardo Valenzuela, un leal a Salinas, se acercó poco después, bloqueando el paso hacia la barra.

—Julián, qué despliegue de generosidad —dijo Valenzuela, ignorando deliberadamente a Elena—. Comprar a la mujer que te arruinó para limpiar tu nombre... bueno, eso es simple caridad. Espero que el retorno de inversión valga el precio de tu reputación.

Julián soltó a Elena, pero solo para avanzar hacia Valenzuela. Con una frialdad que silenció a la sala, Julián lo tomó por la solapa, acercándolo a su rostro.

—Mi reputación es el único activo que no está en venta, Valenzuela. Si vuelves a dirigirle la palabra a mi esposa, me encargaré personalmente de que tu empresa sea la próxima en ser liquidada por mis abogados. Y créeme, no seré tan generoso como fui con ella.

La sala quedó en silencio absoluto. Julián acababa de quemar un puente social vital frente a los accionistas más influyentes, sacrificando años de diplomacia por una defensa que nadie esperaba.

Ya dentro de la limusina, el aire se sentía denso. Julián se desabrochó el último botón de la chaqueta con un movimiento brusco. Elena lo observó, sus nudillos aún tensos.

—Tu reputación no era necesaria para salvar la mía —dijo ella, rompiendo el silencio—. Te has puesto en el punto de mira de todos por mi causa.

Julián se giró, invadiendo su espacio personal. Sus ojos, antes gélidos, ahora ardían con una intensidad que no tenía nada de contractual.

—No lo hice por ti, Elena. Lo hice porque nadie tiene permitido tocar lo que es mío.

Se inclinó, sus labios rozando su oído.

—Y no te equivoques. El interés que estoy pagando por este contrato ya no tiene nada que ver con el dinero.

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