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Chapter 2: Desayuno en el ártico

Elena y Julián comparten su primer desayuno tras la gala, estableciendo una dinámica de desconfianza mutua. Julián intenta consolidar su control mediante un contrato de conducta y una tarjeta de crédito ilimitada, pero Elena descubre una nota secreta en los documentos que sugiere que él necesita el matrimonio para salvar su firma de la bancarrota, no solo por la herencia.

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Desayuno en el ártico

La luz de la mañana en el piso cincuenta del complejo Varela no era cálida; era un bisturí de cristal que cortaba la penumbra del comedor, exponiendo la frialdad del mármol bajo los pies de Elena. Habían pasado apenas ocho horas desde que el flash de las cámaras en la gala sellara su destino, pero el silencio del penthouse era una losa más pesada que cualquier murmullo de la alta sociedad. Elena se mantuvo erguida, con la espalda recta, mientras caminaba hacia la mesa. Julián ya estaba allí, impecable en su traje de tres piezas, revisando un informe digital. No levantó la vista al escucharla llegar.

—El servicio sube el café a las siete —dijo él, su voz carente de cualquier inflexión—. No espero que compartamos más que el tiempo estrictamente necesario para la fachada pública. La prensa estará encima de nosotros desde el lunes. Nuestra historia debe ser coherente. No habrá errores, Elena.

Elena tomó asiento frente a él, sintiendo cómo el contrato —esa atadura legal que le devolvía el oxígeno financiero mientras le robaba su libertad— vibraba en el aire entre ambos. Sus dedos rozaron la superficie fría de la mesa. La humillación de la noche anterior, cuando estuvo a punto de perder su dignidad frente a sus acreedores, se sentía ahora como un recuerdo eclipsado por esta nueva y sofocante realidad.

—No soy un mueble, Julián —respondió ella, manteniendo el tono neutro a pesar de la tormenta interna—. Y si vamos a jugar a este matrimonio, al menos mantengamos la cortesía básica. No pretendas que esto es altruismo cuando ambos sabemos que mi nombre en tu contrato es el único pasaporte que tienes para esa herencia familiar.

Julián finalmente dejó su tableta y la miró. Sus ojos, fríos y calculadores, recorrieron el rostro de Elena, buscando una grieta en su compostura. No la encontró. En su lugar, deslizó un dossier de cuero negro hacia ella.

—Las reglas son simples: tu vida privada es tuya, siempre que no manche el apellido Varela. Tu vida pública es mía. A cambio, esto. —Sacó una tarjeta de crédito negra del interior de la carpeta y la dejó sobre el mármol. El plástico emitía un sonido seco, metálico—. Sin límites. Úsala para lo que necesites, pero no intentes acceder al ala este de este ático. Es mi espacio personal y no está sujeto a negociación.

Elena observó la tarjeta, un salvavidas de lujo que se sentía como una marca de ganado. Al abrir el dossier, sus ojos se detuvieron en una nota manuscrita al margen de la cláusula de inversiones: Reestructuración de deuda: Firma Varela. No era solo la herencia. Julián estaba usando este matrimonio para ocultar un agujero financiero que amenazaba con devorarlo todo. La frialdad del penthouse, que antes le pareció una elección estética, ahora le resultó una señal de advertencia: él no estaba protegiendo un legado, estaba tratando de contener un incendio.

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