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Chapter 11: El último peldaño

El asedio de los serie-A rompe el cordón humano en la plaza. Julián usa un pulso del núcleo azul para ganar tiempo y asciende perseguido por élite, con Valeria cubriendo su flanco a costa de heridas graves. En la sala de control central descubre que Aris activa la sobrecarga masiva de pilotos de bajo rango. El núcleo azul inicia una fusión automática con la interfaz maestra, permitiendo a Julián pausar la matanza y desactivar temporalmente a los serie-A. Rechaza la oferta final de Aris y fuerza el fallo crítico del sistema, pero una señal desconocida desde fuera de la ciudad se activa.

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El último peldaño

La Plaza de la Ceremonia aún temblaba con los ecos del mensaje de Elias cuando el primer zumbido grave rasgó el aire. Ciento cuarenta y nueve horas. El contador ardía en la esquina del visor de Julián, cada segundo restando oxígeno a la esperanza. Tres armazones serie-A descendían desde los balcones superiores como cuchillas de obsidiana pulida. Núcleos blancos quirúrgicos, sin una soldadura fuera de lugar. Detrás, más siluetas se alineaban en formación letal.

El cordón humano que rodeaba al Chatarra se tensó. Pilotos de rango bajo —muchos con los brazaletes recién desactivados colgando como cicatrices— alzaron barbillas y puños. Nadie llevaba armazón. Solo carne, rabia y el nombre de Julián coreado en oleadas irregulares.

—Retrocedan —ordenó él por el canal abierto, voz rota—. Esto no es su pelea.

—Ahora sí lo es —respondió una chica joven desde la primera fila, la misma que había arrojado su brazalete minutos antes—. Tú abriste la puerta. Nosotros la sostenemos.

El Chatarra gimió detrás de él. El brazo derecho —el que había absorbido la fusión orgánica— temblaba; placas nuevas crujían como hueso tierno. Incompatibilidad: 11 %. El núcleo azul palpitaba en el pecho, enviando chispas que lamían los bordes del cockpit y olían a ozono y metal quemado.

Los serie-A tocaron suelo. El primero disparó un pulso de contención que barrió la primera línea del cordón. Cuerpos cayeron como marionetas cortadas. Julián sintió el grito colectivo en el esternón.

—Sobrecarga controlada —murmuró para sí mismo—. Ahora.

Golpeó el disparador secundario. El núcleo azul rugió. Un pulso electromagnético localizado estalló desde el pecho del Chatarra, azul cegador. Los tres serie-A se congelaron a medio paso; sus núcleos blancos parpadearon y murieron por tres segundos eternos. Tiempo suficiente.

—¡Suban! —gritó Julián.

Valeria fue la primera. Saltó al hombro izquierdo del Chatarra, seguida por cuatro pilotos más que treparon como pudieron. El cordón se rompió. Los serie-A recuperaron sistemas y abrieron fuego. Julián giró el torso, protegiendo a los que subían, y lanzó el Chatarra hacia el primer pasillo vertical de la Escalera.

El contador marcaba 148 horas y 41 minutos cuando entraron en los conductos de mantenimiento. Cuatro serie-A los seguían, propulsores dejando estelas de plasma que iluminaban las paredes como relámpagos fríos.

—Muévete, Chatarra —susurró Julián.

La pierna derecha chirrió al absorber cada salto. Porcentaje: 37 %. Valeria volaba a su flanco en el K-9 sin emblemas.

—No mires atrás. Yo cubro.

Dos serie-A emergieron de un lateral. Cañones de riel cargados. Julián pegó el fuselaje contra la pared, deslizándose hacia arriba. El primer disparo arrancó un pedazo de hombrera. El segundo rozó el muslo de Valeria.

Ella gritó, breve y seco. Su brazo izquierdo colgaba inútil, el servo quemado. Sangre en el visor.

Julián no pensó. Giró el Chatarra en un ángulo imposible, usó el momentum para embestir al serie-A más cercano. El impacto resonó como un yunque partido. El élite rebotó contra la pared y cayó por el conducto. Pero el precio llegó: la pierna derecha del Chatarra cedió al 32 %. El núcleo azul respondió con filamentos que se clavaron en el muslo de Julián. Dolor blanco. Incompatibilidad: 10,4 %.

Llegaron al Anillo Superior. El Chatarra cojeaba visiblemente, chispas azules saliendo del pecho. Valeria aterrizó a su lado, tambaleante.

—Sigue —dijo ella, voz tensa—. Yo cubro la retaguardia.

Las puertas de la sala de control central retumbaron. Cada golpe hacía llover polvo del techo. Julián entró cojeando, el pie derecho arrastrándose. Filamentos azules ya trepaban por su pierna; el dolor era indistinguible entre carne y metal.

La sala era un cilindro vertical. En el centro flotaba la esfera maestra: la interfaz que controlaba todos los enlaces de la Escalera. Miles de hilos de luz azul y ámbar corrían por su superficie, al ritmo de miles de respiraciones.

El holograma de Aris se materializó frente a la esfera.

—Has llegado lejos para un desecho, Varela. Pero esto termina aquí.

La voz era calma. Demasiado calma.

En las pantallas laterales, pilotos de bajo rango caían en la plaza. Brazaletes reactivados a la fuerza. Núcleos sobrecargados. Gritos cortados.

—Protocolo de emergencia activado —continuó Aris—. Todos los enlaces de rango C y D serán descartados en siete minutos si no entregas el núcleo.

Valeria se apoyó contra el marco, mano izquierda apretando un torniquete improvisado. Sangre en el suelo.

—No mires —le dijo a Julián—. Sigue.

El núcleo azul del Chatarra reconoció la esfera. Sin permiso. Sin aviso. Filamentos azules salieron disparados del pecho y se clavaron en la interfaz maestra. La fusión comenzó sola.

Julián jadeó. Líneas azules treparon por su brazo, su cuello, su mandíbula. Incompatibilidad: 9,2 %. La esfera palpitó más rápido. Miles de pilotos dejaron de gritar al mismo tiempo.

Aris frunció el ceño por primera vez.

—Detén eso. Ahora.

—No puedo —respondió Julián, voz entrecortada—. No soy yo.

Las puertas exteriores cedieron. Cuatro serie-A entraron en formación letal. Cañones sincronizados.

El Chatarra estaba clavado, conectado por haces negros que palpitaban como venas. Incompatibilidad: 8,7 %.

—Oferta final —dijo Aris—. Entrega el núcleo. Conservas la vida. Tu padre entendería.

Julián miró la pantalla principal. El rostro de Elias seguía en bucle. Abajo, en la plaza, miles de voces coreaban “Chatarra”.

Valeria se puso hombro con hombro con él. Sangre en la ceja. Sin emblema. Sin brazalete.

—No hay trato —dijo Julián.

Empujó la fusión al límite.

El núcleo azul rugió. El Chatarra se convirtió en nodo temporal de mando. Órdenes contradictorias inundaron la red. Los serie-A se congelaron. Sus núcleos blancos titilaron y murieron uno tras otro.

La esfera maestra emitió un chillido agudo. Luces de la Academia parpadearon. Un silencio metálico cayó sobre la ciudad.

Julián se desplomó contra los controles. Incompatibilidad: 7,1 %. El dolor era todo su cuerpo.

Pero entonces, en la esquina de la interfaz, una señal nueva apareció. Roja. Procedencia: exterior de la ciudad. Sin identificación.

Parpadeó una vez.

Y no desapareció.

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