Subasta bajo Presión
Julián empujó la pesada puerta de bronce con el hombro derecho, el anillo de supresión mordiéndole la muñeca como un alambre vivo. Sesenta y siete horas para el Ciclo Mayor. El número le ardía más que las grietas que aún cruzaban su meridiano principal. Dentro de la antesala olía a incienso de sándalo caro y a miedo ajeno. Doce púlpitos numerados. Doce pares de ojos que lo medían sin disimulo: el trepador sin apellido, rango 42 en impugnación, el que no debería respirar el mismo aire que ellos.
Se pegó a la columna más oscura. Bajó la manga con cuidado. Una línea violeta, delgada como un hilo de sangre, escapó del anillo y se apagó contra la piedra fría. Si esa fuga se veía en el salón principal, no saldría caminando.
Un guardia de túnica gris se acercó, pergamino en mano. —Nombre y sello.
Julián extendió la mano izquierda. El sello de rango 42 brillaba todavía, aunque la impugnación de Valeria lo había convertido en un adorno inútil para los salones superiores.
El guardia frunció el ceño. —Impugnado. No puedes pujar por objetos de grado tres o superior.
—No es grado tres —dijo Julián con voz plana—. Es un velo negro de grado medio. Revisen el catálogo.
En ese instante un pujador anónimo —capa oscura, uno de los perros de confianza de Valeria— se acercó desde el flanco. —Ese sello está muerto, Varga. Vete antes de que llame a los registradores.
Julián lo miró fijo. Recordó el rumor que había pescado en los conductos de desperdicio: el Anillo de Velo Negro tenía una fisura de fábrica en el núcleo de contención. Los vendedores lo ocultaban. Nadie más lo sabía aún.
—Dile a tu señora —murmuró solo para él— que el anillo que tanto quiere tiene una grieta en el núcleo. Si lo activa en público, la firma se le filtra delante de toda la academia. Igual que a mí.
El hombre palideció un segundo. Retrocedió.
Julián se volvió al guardia. —Déjame entrar. No voy a pujar por nada que no pueda pagar.
El guardia dudó, miró al pujador, luego al pergamino. Finalmente asintió con desgana. —Pasa. Pero si hay queja formal, te saco a rastras.
Julián cruzó el umbral. Una fuga violeta breve le iluminó la muñeca justo cuando el guardia giraba la cabeza. El hombre frunció el ceño, pero calló. Sesenta y seis horas.
Dentro del salón principal, el Anillo de Velo Negro flotaba en una esfera de contención sobre el estrado central: negro mate, devorando la luz. El subastador anunció la puja inicial: ochocientos créditos de secta.
Damián Corso levantó la mano desde la segunda fila. —Mil.
Murmullo. Mil era alto para un velo de grado medio, pero Corso pujaba por desprecio, no por necesidad.
Julián se mantuvo en la penumbra de la tercera fila. Seiscientos cuarenta y tres créditos limpios. Si Corso llegaba a mil quinientos, todo terminaba ahí.
Desde el palco privado, la voz de Valeria cortó el aire como un látigo. —Mil doscientos.
El salón entero se enderezó. Julián sintió el meridiano arder bajo la clavícula. No podía competir con linaje. Pero sí podía romper la puja.
—Mil cuatrocientos —dijo Corso.
Julián alzó la mano por primera vez. —Mil cuatrocientos cincuenta.
Silencio absoluto. Todas las miradas se clavaron en él. Corso giró la cabeza, ojos entrecerrados.
—Mil seiscientos.
Julián respiró hondo. —Mil setecientos. Y les recuerdo a todos que ese anillo tiene una fisura en el núcleo de contención. Los vendedores lo saben. Si lo activan en combate y la firma se filtra, la secta superior los marca como contaminados. Pregúntenle a Corso por qué se retiró tan rápido la última vez que lo ofrecieron.
Jadeo colectivo. Corso se puso de pie. —¿Qué estás diciendo, carroñero?
—Digo la verdad —respondió Julián—. Quien lo compre por más de mil ochocientos está pagando orgullo, no supresión.
El subastador carraspeó. —¿Alguien más?
Silencio pesado. Corso apretó los labios. Miró hacia el palco de Valeria. No subió la mano.
—Vendido al postor seiscientos cuarenta y tres por mil setecientos créditos.
Julián sintió el aire regresar a sus pulmones. Había ganado. Pero Damián se volvió hacia el público, voz alta. —El carroñero de los desechos se lleva el premio. Que todos recuerden de dónde saca su dinero.
Las miradas se clavaron en Julián: sospecha, desprecio, curiosidad enferma. Salió del salón con el anillo en el bolsillo, sintiendo esos ojos como cuchillos en la espalda.
En un pasillo lateral de piedra húmeda y olor a aceite quemado se sentó contra la pared. Sesenta y cuatro horas. Sacó el Anillo de Velo Negro. Lo colocó en el dedo índice derecho y empujó qi hacia el núcleo.
Nada. Solo un pinchazo seco.
Volvió a intentarlo. El anillo vibró débilmente y se quedó mudo. En la cara interna, una fisura fina recorría todo el círculo. Daño de fábrica. Corso lo había sabido.
Un mensajero de Kael surgió de la penumbra, rostro cubierto. —El maestro dice que la secta superior ya tiene tu nombre en la lista de observación prioritaria. Si la firma violeta sale a la luz antes del Ciclo Mayor, no te expulsan. Te abren.
Julián apretó los dientes. Sacó el último vial de qi concentrado que le quedaba del subsidio del duelo. Treinta y uno por ciento de caudal. Lo volcó entero en el anillo viejo y en el nuevo, forzando una unión temporal.
Dolor blanco le atravesó el brazo. El caudal cayó a veintisiete por ciento. Pero las fugas se detuvieron. Por ahora.
Se levantó. Una fuga más larga iluminó el pasillo justo cuando pasaba un grupo de estudiantes de linaje. Lo vieron. Susurros.
No llegó muy lejos.
Damián Corso apareció al doblar la esquina, flanqueado por dos muchachos con orbes de memoria flotando como ojos plateados.
—Varga. Qué casualidad.
Julián se detuvo. Pasillo ancho, lámparas de qi, sombras largas. Sin escapatoria lateral.
—No estoy de humor, Corso.
Damián sonrió. —El rumor dice que compraste algo caro. Muéstramelo.
Los orbes zumbaron, grabando.
Julián sintió la vibración. El anillo nuevo falló bajo la presión emocional. Una línea violeta le recorrió el dorso de la mano.
Corso se acercó. —Sabía que eras sucio. Pero esto… esto es otra cosa.
Julián retrocedió un paso. El meridiano gritó. El anillo colapsó por completo.
La firma violeta de la Absorción del Desecho estalló en su aura, iluminando el corredor como un relámpago morado durante varios segundos. Los orbes capturaron cada detalle. Los testigos se quedaron helados.
Desde la distancia, Valeria Solís observaba, inmóvil, los labios apretados en una línea fina.
Julián sintió el peso de todas las miradas. No había marcha atrás.
La secta superior ya no buscaba expulsarlo.
Buscaban abrirlo.