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Chapter 2: El Precio de la Anomalía

Julián sobrevive a la auditoría, pero descubre que la técnica prohibida le está cobrando un precio físico devastador. Tras asegurar un catalizador mediante una maniobra astuta en el mercado negro y aceptar un chantaje peligroso del Maestro Kael, Julián logra un avance de rango, aunque el costo de su nueva energía es su propia vitalidad.

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El Precio de la Anomalía

El silencio en la celda de bajo rango era un peso muerto, apenas roto por el jadeo entrecortado de Julián. Se desplomó sobre el jergón, con los dedos clavados en la piedra fría. Sus venas, bajo la piel del antebrazo, palpitaban con un tono violáceo antinatural; la energía que había arrebatado durante la auditoría no se estaba integrando, sino que devoraba su vitalidad desde dentro como ácido en cobre. Había superado la auditoría, sí, manteniendo su lugar en la academia por un pelo, pero su cuerpo exigía un catalizador de grado superior para estabilizar el flujo. Sin él, el exceso de energía se convertiría en un veneno que, en menos de una semana, le dejaría los meridianos calcinados.

Julián se obligó a levantarse, arrastrando los pies hacia el cofre de metal oculto bajo una tabla suelta. Allí guardaba sus únicos activos: un puñado de insignias de mérito descoloridas y el manual prohibido, cuyas páginas crujían con un tono ominoso. La academia no le daría una segunda oportunidad. Si quería sobrevivir al próximo ciclo, no podía depender de su disciplina; necesitaba comprar una ventaja que no le pertenecía.

El aire en el mercado negro de la Aguja de Cristal era espeso, saturado con el olor a ozono y metales oxidados. Julián caminaba con el torso encorvado, no por humildad, sino para contener el espasmo que le recorría la espina dorsal. Cada paso era un recordatorio de la 'Absorción del Desecho'; la energía robada durante la auditoría se fragmentaba en su núcleo como esquirlas de vidrio.

—Necesito un catalizador de grado medio —soltó Julián ante el mercader encapuchado, dejando caer una bolsa con sus últimos ahorros sobre el mostrador de piedra pulida.

Antes de que el mercader pudiera responder, una sombra elegante se proyectó sobre el puesto. Valeria Solís, con sus ropajes de seda reforzada con runas de protección, se detuvo a su lado. Su presencia era un insulto calculado.

—Ese catalizador es demasiado inestable para un estudiante de rango inferior como tú, Julián —dijo ella, su voz clara y desprovista de calidez—. De hecho, creo que la Academia requiere que esos suministros se reserven para quienes realmente pueden aprovecharlos. Ofrezco el triple del precio base.

El mercader titubeó, sus ojos ocultos tras la capucha brillando con codicia. Julián apretó los dientes, sintiendo cómo su energía interna se agitaba con furia. Valeria no buscaba el catalizador; buscaba dejarlo seco, obligarlo a la indigencia técnica. Julián recorrió el puesto con la mirada, ignorando la burla de Valeria, hasta que sus ojos se posaron en un objeto cubierto de polvo: un artefacto de rastreo dañado, desechado por los linajes superiores por considerarlo 'inservible'. Su técnica, diseñada para extraer valor de la basura, reconoció la firma energética residual en su núcleo de cuarzo.

—Cambio mi oferta —dijo Julián, tomando el artefacto—. Este objeto por el catalizador. Y si el mercader es inteligente, sabrá que el valor de este núcleo supera por mucho las monedas de la señorita Solís.

El mercader, tras un breve examen, palideció y cerró el trato de inmediato. Valeria, al ver que su plan de estrangulamiento económico había fallado, le dedicó una mirada gélida antes de retirarse, pero no sin antes clavar sus ojos en él con una promesa silenciosa de represalia.

Al salir del mercado, el Maestro Kael interceptó a Julián en el callejón posterior. El aire olía a ozono y a desesperación. Kael no vestía los colores de la administración, pero su aura pesaba como plomo.

—Tu técnica es cruda, casi suicida —la voz del Maestro Kael cortó el silencio como una hoja de afeitar—. No vengo a denunciarte ante el Consejo. Vengo a ofrecerte un trato. La administración busca purgar a los de tu linaje; yo busco a alguien que no exista para los registros. Tú necesitas recursos para no morir hoy. Yo necesito un verdugo invisible.

Kael le entregó un pequeño frasco de jade. Julián lo aceptó, sintiendo cómo el qi rebelde quemaba sus canales internos. El anciano no estaba pidiendo permiso; estaba cerrando una pinza. Julián se retiró, dándose cuenta de que su supervivencia acababa de convertirse en una herramienta política.

De vuelta en su celda, Julián consumió el catalizador. En cuanto el jade tocó su piel, un aullido de dolor le desgarró el pecho. La energía no fluyó como un río; se clavó como astillas de vidrio en sus meridianos, purificando sus canales bloqueados a costa de quemar su propia vitalidad. Sus venas se marcaron en el cuello, negras y palpitantes. La energía prohibida devoraba sus reservas de vida, pero, a cambio, el vacío en su núcleo comenzó a llenarse. Su rango se asentó con un chasquido sordo, una ganancia tangible que le permitió ver el flujo de energía en la habitación como una red. Sin embargo, al abrir los ojos, el catalizador que había comprado en el mercado negro comenzó a consumir su propia vitalidad. El dolor era el precio de su primer avance, y al salir al pasillo, la sombra de Valeria lo esperaba con una última advertencia: 'El próximo ciclo no será un duelo, será tu fin'.

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