Chatarra de alto octanaje
El actuador izquierdo del Desguazado siseó, escupiendo una estela de aceite quemado que manchó el suelo del hangar. Mateo Vega apretó los dientes; el cronómetro sobre la compuerta marcaba ocho minutos para la auditoría de descarte. Si su frame no superaba la prueba de integridad estructural, el sistema lo marcaría como 'residuo'. La deuda familiar, una losa de créditos heredados que pesaba más que el propio blindaje, se ejecutaría de inmediato, condenando a sus hermanos menores a la servidumbre en las minas de la periferia.
—Déjalo, Mateo —la voz del viejo Javi surgió de las sombras, cargada de un cinismo que apenas ocultaba el pánico—. Si lo fuerzas más, el chasis se partirá en dos al primer impacto. Es un suicidio técnico.
Mateo no respondió. Sus dedos, callosos y manchados de grasa negra, terminaron de ajustar el puente de energía que Javi había extraído de un desguace prohibido la noche anterior. Era una pieza de la era anterior, brillante y anómala, que se sentía extrañamente fría al tacto. Si la IA de la Academia detectaba esa frecuencia, lo expulsarían por fraude antes de que pudiera encender los propulsores. Pero sin ella, el Desguazado era solo un ataúd de metal oxidado.
—No es un suicidio si gano, Javi —respondió Mateo, cerrando el panel con un golpe seco. El metal protestó con un chirrido agudo, un sonido que le recordaba la miseria de su taller familiar—. Si no entro en esa arena, ya estoy muerto.
El aire en la Arena de Pruebas era una mezcla espesa de ozono, lubricante sintético y el desprecio palpable de trescientos cadetes. En el centro del foso, el Desguazado vibraba con un quejido metálico.
—Atención, aspirante Vega —la voz del locutor resonó por los altavoces, cargada de una condescendencia ensayada—. Su clasificación actual es «Inexistente». Si sobrevive a estas tres oleadas de drones de entrenamiento, quizás le permitiremos seguir respirando el aire del Sector Inferior.
Desde el palco VIP, Valeria Solís destacaba por su inmovilidad perfecta. Observaba a Mateo con una frialdad quirúrgica, como quien examina un tumor que debe ser extirpado. Para ella, Mateo no era una persona; era una anomalía en su estadística de perfección.
La primera oleada de tres frames de entrenamiento se activó. Eran máquinas estándar, relucientes, con sus actuadores hidráulicos silbando con una eficiencia insultante. Se movieron en abanico, obligando a Mateo a retroceder hasta el límite de la zona de impacto. Un proyectil de entrenamiento impactó contra su hombrera, arrancando una placa de blindaje que salió volando en chispas.
Mateo sintió el tirón en la interfaz. El Desguazado estaba al límite. Sin pensarlo, activó el módulo prohibido. El núcleo de energía rugió con un pulso violento y errático que recorrió todo el chasis. La máquina se lanzó hacia adelante con una velocidad imposible para su peso, esquivando el ataque doble y embistiendo al frame central. El impacto fue brutal; el frame de entrenamiento se dobló como papel, sus circuitos estallando en una lluvia de estática.
Mateo no se detuvo. Usó el impulso para girar y, con un golpe preciso en el punto crítico del segundo dron, lo dejó inerte. El tercer dron dudó un milisegundo, un error de cálculo suficiente para que Mateo descargara toda la energía residual del módulo en una estocada final.
El silencio cayó sobre la arena. El Desguazado se quedó inmóvil, humeante, con el metal crujiendo por el esfuerzo. Mateo intentó pilotar hacia la salida, pero las compuertas permanecieron cerradas.
—¡Salida bloqueada! —rugió la IA de la Academia—. Identificación de piloto: Vega, Mateo. Estado: Obsoleto. Rango: Eliminable. Iniciando protocolo de purga.
La pantalla de su consola fue bombardeada por paquetes de datos de los inspectores, intentando borrar los registros de la maniobra. Mateo apretó los dientes, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su boca. El sistema intentó sobreescribir los logs, pero la interfaz prohibida respondió con una luz de un color que no debería existir: un violeta eléctrico que comenzó a devorar los códigos de error de la Academia. El sistema marcó su frame como 'obsoleto', pero la interfaz prohibida acababa de encenderse con una intensidad que hizo que los sensores de Valeria Solís, desde el palco, se fijaran en él con una mezcla de sorpresa y odio absoluto. Ella no veía a un chatarra; veía una amenaza directa a su estatus.