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Chapter 2: La licitación amañada

Julián bloquea la cesión de activos de Don Ricardo usando una auditoría técnica como pretexto, mientras revela que ya ha movido el 80% del capital de la empresa a una cuenta ciega. La tensión escala con la amenaza de divorcio de Ricardo, mientras Julián se prepara para la licitación que arruinará al patriarca.

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La licitación amañada

El despacho de Don Ricardo Valente olía a cuero viejo y a la estática de una bancarrota inminente. Julián permanecía frente al escritorio de caoba, con las manos entrelazadas a la espalda, una pose de servidumbre que Ricardo, en su arrogancia, interpretaba como sumisión.

—Firma, Julián —ordenó el patriarca, arrojando una pluma de oro sobre el documento de cesión. Sus ojos, inyectados en sangre por la tensión, buscaban romper la calma del joven—. La licitación del hospital es nuestra única salida. Sin esta propiedad, la Corporación Valente colapsará antes del anochecer. No me hagas perder el tiempo con tus remilgos de empleado de segunda.

Julián no se movió. El silencio en la estancia era denso, cargado de una electricidad que Ricardo aún no comprendía. El patriarca se inclinó hacia adelante, revelando la desesperación que intentaba ocultar tras su traje a medida.

—Hay un problema técnico, Don Ricardo —respondió Julián con una voz gélida—. La auditoría interna que usted mismo solicitó hace tres meses ha bloqueado los movimientos de activos en esta propiedad. Si firmo ahora, el ente regulador disparará una alerta de fraude inmediata. La licitación se cancelaría antes de que usted pudiera presentar la oferta.

Ricardo se quedó paralizado, con la mano suspendida sobre el papel. La duda, un intruso extraño en su rostro, comenzó a surcar sus facciones. Julián salió del despacho sin esperar respuesta, dejando tras de sí un vacío de poder que el patriarca aún no lograba dimensionar.

En la mansión Valente, Elena lo esperaba. Sus tacones golpeaban el mármol con una precisión militar que delataba su urgencia. No buscaba una conversación; buscaba una rendición.

—Mi padre está fuera de sí —dijo ella, lanzando su bolso sobre la mesa con un golpe seco—. Dice que te negaste a firmar. ¿Tienes idea de lo que eso implica para nuestra posición? Es un suicidio social.

Julián se giró, observándola con una frialdad que la descolocó.

—No es un suicidio, Elena. Es una auditoría —respondió él, su voz absorbiendo el calor de la habitación—. Tu padre ha estado operando con fondos que ya no le pertenecen. La licitación no es un negocio; es una trampa legal que él mismo se ha tendido.

Elena soltó una carcajada cargada de desdén, invadiendo su espacio personal.

—Eres un yerno que vive de la generosidad de mi apellido. Si no cooperas, no tendrás ni un techo bajo el cual dormir.

Julián no respondió. Se retiró en silencio, dejando a Elena confundida. Ella ignoraba que, en ese preciso instante, Julián ya había abandonado el papel de rehén. En un café del centro financiero, se reunió con su contacto legal para confirmar el golpe final. La pantalla de su teléfono mostraba una transferencia completada: el 80% de los activos líquidos de la Corporación Valente estaban ahora en una cuenta ciega, blindada contra cualquier injerencia.

—El movimiento ha sido ejecutado —confirmó el abogado—. Para los ojos de Ricardo, el dinero sigue ahí, pero si intenta tocar un solo céntimo para la licitación de esta tarde, el sistema rebotará la orden. La bancarrota será pública.

Julián sintió el peso del poder real. La licitación, el orgullo de Don Ricardo, se convertiría en su propia horca. Al regresar a la Corporación, el enfrentamiento final era inevitable. Don Ricardo lo interceptó en el pasillo privado, su rostro desencajado por la rabia.

—Se acabó el juego, Julián —gruñó Ricardo, bajando la voz—. Mis cuentas operativas están vacías. Firma la transferencia de activos ahora o juro que para el mediodía estarás divorciado y en la calle. Te destruiré ante la junta antes de que puedas pestañear.

Julián se ajustó los puños de la camisa, impasible ante la amenaza del hombre que creía seguir siendo el dueño de su destino.

—¿Destruirme, Ricardo? —susurró Julián, con una superioridad que hizo que el patriarca retrocediera—. Usted confunde el orden jerárquico. Usted cree que el divorcio es un castigo, cuando en realidad es mi liberación. Usted ya no es el dueño de la empresa. Usted es solo un inquilino en un edificio cuyos activos ya me pertenecen. El divorcio es irrelevante; lo que viene después, no.

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