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Chapter 11: El duelo final

Julián neutraliza a Rodrigo Véliz revelando que ha adquirido una posición de control accionarial que hace que la caída de la firma sea financieramente ruinosa para el inversor. Tras forzar la cooperación de Sofía y despojar a Don Octavio de su autoridad ante la junta, Julián se consolida como el nuevo dueño de la casa de subastas justo antes de la auditoría.

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El duelo final

El aire en el despacho principal de la casa de subastas De la Vega no olía a lujo, sino a ozono y papel quemado. Julián Varela observaba el reloj de pared: 11:07 a.m. La auditoría externa, solicitada por los acreedores, cruzaría las puertas de cristal en exactamente cincuenta y tres minutos.

La puerta se abrió con un golpe seco. Rodrigo Véliz entró, su traje a medida contrastando con la austeridad de la oficina. No traía guardaespaldas, solo un dossier negro que depositó sobre la caoba con la parsimonia de un verdugo.

—Julián. El yerno que se creyó arquitecto —dijo Véliz, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Has jugado bien, pero Aethelgard no es un fondo de inversión, es una sentencia. Sé lo que hiciste en Bogotá. Sé cómo falsificaste los informes de tasación para cubrir el desfalco de tu mentor. Si la Comisión Reguladora recibe esta carpeta, no solo pierdes la casa; terminas en una celda antes del atardecer.

Julián no se levantó. Su postura era de una calma gélida, casi inhumana. Abrió el dossier con dos dedos, hojeando las pruebas con desinterés profesional. Fotografías, extractos bancarios, el informe policial sellado. Eran reales. Eran devastadoras.

—Es un trabajo impecable, Rodrigo —respondió Julián, cerrando el sobre—. Pero cometes el error de pensar que mi valor reside en mi pasado. Mi valor reside en el control del flujo de caja actual. ¿Crees que no sabía que Aethelgard eras tú? He estado comprando deuda de la firma y acciones de tus propias subsidiarias durante meses. Si yo caigo, tu capital se evapora en un efecto dominó que ni siquiera tus abogados podrán contener.

La sonrisa de Véliz vaciló. Julián se levantó, su presencia llenando el espacio que antes ocupaba Don Octavio.

—La auditoría no encontrará fraude porque yo he saneado los libros —continuó Julián—. He movido los activos, he neutralizado a Méndez y he forzado a Sofía a firmar la declaración jurada que vincula a tu fondo con el desfalco original. Si intentas hundirme, te hundes con el barco que intentabas robar.

Julián caminó hacia la sala de juntas, donde Sofía esperaba, pálida y temblorosa. Le lanzó un sobre de cuero: la prueba de que su padre la había usado como escudo legal.

—Entrégalo, Sofía. Es tu única salida —ordenó Julián.

Ella, rota, asintió. Minutos después, frente a la junta directiva, Don Octavio intentó una última arremetida, golpeando la mesa con un puño tembloroso.

—¡Esto es una traición! —rugió Octavio—. ¡No eres más que un empleado!

Julián, sentado en la cabecera, ni siquiera levantó la vista de su tableta. —Ya no, Octavio. Soy el accionista mayoritario. La auditoría confirmará que esta firma es solvente gracias a mis maniobras, y tú estás legalmente despojado de cualquier autoridad.

El silencio en la sala fue absoluto. Julián se puso en pie, mirando a los directivos que, hasta ayer, lo despreciaban. La jerarquía se había invertido. Al volver al despacho, se dejó caer en la silla del patriarca. El cuero se ajustó a su espalda. Afuera, la ciudad aguardaba, indiferente a la caída de los antiguos amos. Julián observó a la familia De la Vega, reducida a suplicantes, esperando el juicio que él mismo dictaría.

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