La cena de las máscaras
El salón de baile del Hotel Metropolitano no era un lugar de celebración, sino un tribunal de alta costura. Cuando Julián Varela entró, el murmullo de la élite se quebró. Ya no era el yerno invisible que sostenía el catálogo; vestía un traje de corte impecable, con la calma de quien posee las llaves de la caja fuerte de los De la Vega. A su alrededor, los accionistas minoritarios, hombres que hace una semana lo ignoraban, ahora buscaban su mirada con una mezcla de cautela y pánico financiero.
—Julián, esto es una locura —susurró el señor Aranda, acercándose con un vaso de whisky que apenas podía sostener—. Octavio no responde a la junta. Los proveedores dicen que los contratos de suministro han sido transferidos a tu holding. ¿Qué está pasando con la liquidez de la casa?
Julián se detuvo, ajustándose los gemelos con una parsimonia que irritó la impaciencia del grupo. No hubo evasivas. Deslizó una tableta sobre la mesa de cristal. Los números eran una sentencia: el flujo de caja estaba bloqueado y las deudas de juego de Don Octavio, ocultas durante años bajo gastos operativos, brillaban ahora como una herida abierta.
—La casa de subastas no es insolvente, señor Aranda —dijo Julián, con un tono gélido que cortó el aire—. Lo que es insolvente es la gestión de quien ha priorizado sus apuestas privadas sobre la estabilidad de esta firma. Si quieren salvar sus inversiones, dejen de mirar hacia la oficina de Octavio y empiecen a auditar los nuevos protocolos que he implementado.
Los accionistas intercambiaron miradas. El poder se había desplazado. Julián los dejó procesando la traición y se dirigió a la terraza privada.
Don Octavio estaba solo, aferrado a la barandilla de mármol. Al ver a Julián, el patriarca intentó enderezar sus hombros, pero el temblor de sus manos lo delataba.
—No es tu lugar, Julián. Vuelve con los camareros o con quien sea que te esté financiando este disfraz de empresario —escupió Octavio, aunque sus ojos buscaban desesperadamente una salida.
Julián dejó un sobre de cuero sobre la mesa de centro.
—He revisado los registros de las casas de juego en Macao, Octavio. Sé cuánto debes y qué activos has intentado liquidar en secreto. Ya no tienes poder sobre las cuentas. Estás técnicamente en bancarrota, y esta gala es el escenario de tu despedida.
Octavio palideció. Mientras el patriarca se retiraba, derrotado por el peso de su propia ruina, Sofía interceptó a Julián en el pasillo hacia la oficina administrativa. Su rostro era una máscara de furia contenida.
—¿Qué le has hecho? —exigió ella, cerrando la puerta tras de sí—. Mi padre está fuera de sí. Libera los fondos de la cuenta maestra ahora mismo. Si no lo haces, la reputación de la firma se hundirá con nosotros.
Julián no respondió de inmediato. Se puso en pie, su presencia llenando la habitación, y deslizó un nuevo documento sobre el caoba del escritorio.
—Tu padre no necesita fondos para la empresa, Sofía. Necesita cubrir sus deudas de juego. Y para evitar el escrutinio de la Comisión Reguladora, ha estado utilizando tu firma digital para autorizar las transferencias offshore. Mira los archivos.
Sofía soltó una carcajada nerviosa, pero al ver los documentos, el color abandonó su rostro. No eran solo las deudas de su padre; eran las pruebas de su propia complicidad legal, orquestada sin su consentimiento. El pánico, frío y absoluto, reemplazó su arrogancia.
Desde el balcón, Julián observó cómo ella procesaba la traición. La alianza estaba rota. Sofía, ahora consciente de su vulnerabilidad, miró hacia el salón donde los inspectores ya interrogaban a su padre. Comprendió que su única salida, su única posibilidad de no terminar en prisión junto a él, estaba frente al hombre al que siempre había despreciado. Se acercó a Julián, derrotada, con la mirada fija en el suelo, esperando una señal para comenzar la negociación que sellaría su destino.