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Chapter 3: La caída de la primera ficha

Julián asegura la cooperación de la contadora jefe y sabotea el servidor contable de Don Ricardo. Durante la subasta, expone el fraude financiero ante los inversores, provocando el colapso público del patriarca. Tras el éxito, un representante del conglomerado Vanguardia lo aborda con una oferta, revelando que el conflicto apenas comienza.

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La caída de la primera ficha

El aire en la oficina de Beatriz estaba cargado de un olor a café rancio y miedo. La contadora jefe de «El Legado Ancestral» no dejaba de remover su taza; sus manos temblaban con una frecuencia que Julián registró como una victoria técnica. Ella no estaba allí por gusto, sino por el terror que Julián había sembrado en los servidores de la empresa.

—No puedes pedirme esto, Julián —susurró ella, evitando sus ojos—. Si Don Ricardo se entera de que entregué los sellos digitales, mi carrera terminará en una celda antes de que el sol se ponga.

Julián dejó caer un sobre manila sobre la mesa. El sonido seco fue más contundente que cualquier amenaza. Dentro, copias impresas de las transferencias fantasma que Beatriz había maquillado durante años, junto con la firma digital que la incriminaba directamente en el esquema Ponzi de la expansión.

—Tu carrera ya terminó, Beatriz —respondió Julián, su voz carente de la sumisión de antaño—. Lo que queda por decidir es si vas a ser el chivo expiatorio de Ricardo o mi testigo. Si colaboras, el informe que presentaré en la subasta incluirá una cláusula de exención. Si no, tú serás la primera en caer cuando el sistema colapse.

Beatriz palideció. Sin decir palabra, deslizó una llave USB cifrada sobre la mesa. Julián la tomó; el control técnico absoluto sobre la licitación era suyo.

Horas después, en el despacho de Don Ricardo, Julián se movió con la precisión de un cirujano. Sus dedos bailaban sobre el teclado del servidor principal. Había instalado el software de sabotaje: un virus silencioso que, al activarse, reemplazaría los datos reales de la licitación por cifras ficticias, exponiendo la bancarrota técnica del imperio.

La puerta se abrió. Elena entró, con el rostro endurecido por una sospecha que no terminaba de cuajar. Se detuvo en seco al verlo allí.

—¿Qué haces aquí, Julián? Papá no te ha dado permiso para entrar desde hace meses —dijo ella, con autoridad fingida.

Julián cerró la sesión con una calma que pareció descolocarla. Se giró, apoyándose contra el escritorio, ocupando un espacio que antes le estaba vedado.

—Tu padre está demasiado ocupado preparando su gala de la victoria como para darse cuenta de que el suelo bajo sus pies ya ha desaparecido, Elena. Deberías preocuparte menos por mi presencia y más por cómo vas a explicarle a los inversores que el restaurante que tanto presumen es, en realidad, un cascarón vacío.

La mañana de la subasta, el Hotel Gran Plaza bullía de energía tensa. En la mesa principal, Don Ricardo ajustaba su corbata con la seguridad de quien cree tener el futuro comprado. A su lado, Elena evitaba mirar hacia la última fila, donde Julián, vestido con un traje que ya no parecía el uniforme de un sirviente, observaba el proyector.

—El plan de expansión no es solo un negocio, es la preservación de nuestra historia —anunció Don Ricardo, su voz resonando con una autoridad que se desmoronaba.

Julián no esperó. Con un movimiento fluido, tecleó una secuencia en su dispositivo. En la pantalla gigante, la presentación fue reemplazada por una hoja de cálculo en tiempo real. El color rojo de los números de cuenta comenzó a parpadear, revelando el fraude.

—¿Es esta la preservación, Don Ricardo? —la voz de Julián cortó el aire del salón como un bisturí—. Porque según sus propios registros, el restaurante no tiene fondos ni para pagar los intereses de este mes.

El silencio fue sepulcral. El inversor principal, un hombre cuya fortuna superaba la de todo el clan, se puso en pie lentamente, retirando su carpeta de la mesa. Don Ricardo, pálido, intentó articular una defensa que nadie escuchó. El imperio se fracturaba.

Julián se retiró hacia el pasillo lateral. Apenas había dado tres pasos cuando una figura de traje gris impecable se interpuso en su camino.

—El espectáculo ha sido… esclarecedor, Julián —dijo el hombre con una sonrisa depredadora—. Don Ricardo nunca tuvo la capacidad de ver más allá de su soberbia, pero tú has demostrado una precisión que a Vanguardia le interesa mucho.

El hombre le entregó una tarjeta de visita. Vanguardia sabía que Julián tenía la llave del restaurante, y el trato que le ofrecían cambiaría las reglas del juego para siempre.

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