La guerra de los precios
El salón privado del restaurante ancestral, antaño un santuario de poder, se sentía ahora como una celda de cristal. Don Octavio, con la piel cenicienta, observaba cómo Julián, su yerno, se movía con la precisión de un verdugo que ha calculado cada gramo de presión. Sobre la mesa de caoba, el dossier de cuero —el mismo que Beatriz había sustraído de la caja fuerte— reposaba como una sentencia de muerte.
Los directivos del consorcio, hombres que hasta hace una semana dictaban el mercado con un chasquido de dedos, evitaban el contacto visual. Julián no alzó la voz; no lo necesitaba. La humillación de Octavio era ya un hecho consumado, un eco en el silencio de la sala.
—El dossier no es una negociación, Octavio —dijo Julián, ajustándose los gemelos con una calma que helaba la sangre—. Es el inventario de tu ruina. Tú no eres el dueño de este restaurante, ni el cerebro del consorcio. Eres el testaferro que ellos eligieron para absorber las culpas cuando la burbuja de las falsificaciones estallara.
Octavio intentó levantarse, pero sus piernas flaquearon. —Estás delirando. Mis abogados... —balbuceó, pero su voz se quebró ante la mirada gélida de los directivos, quienes ya estaban desconectando sus dispositivos, distanciándose del patriarca caído.
Julián se puso en pie y caminó hacia la oficina, el centro de mando donde el destino de la familia se decidía ahora bajo sus términos. Beatriz lo seguía, su rostro una máscara de contención. Ella ya no era la heredera altiva; era una mujer que había comprendido, demasiado tarde, que su supervivencia dependía de la clemencia de su marido.
—Están intentando una compra hostil para cubrir el déficit —advirtió Beatriz, señalando las pantallas donde los gráficos de acciones del consorcio se desplomaban en una hemorragia roja—. Si el mercado detecta la falsificación masiva de las piezas del siglo XIX, el valor de sus activos caerá a cero.
—Ya lo ha detectado —replicó Julián, tecleando con una velocidad que Beatriz apenas podía seguir—. He inundado el mercado con las tasaciones auténticas que el consorcio intentó ocultar. He bloqueado su compra hostil mediante una maniobra de accionistas minoritarios que he ido adquiriendo en secreto durante meses. Ahora, yo soy el accionista mayoritario de mis propios verdugos.
El desplome fue instantáneo. En las pantallas, el valor de la corporación rival se desintegraba. Julián no sentía triunfo, solo la satisfacción gélida de un engranaje que encaja perfectamente. Se giró hacia Beatriz, quien lo observaba con una mezcla de terror y una nueva, peligrosa fascinación.
—He cumplido mi parte —dijo ella, con la voz quebrada—. He entregado las pruebas. ¿Qué pasará con mi nombre?
Julián deslizó sobre la mesa el documento de transferencia administrativa que ella había firmado. —Tu inmunidad es un contrato, Beatriz. Mientras el consorcio se desmorona, ellos buscarán un chivo expiatorio. Si te mantienes a mi lado, serás la única que sobreviva a la caída. Si intentas traicionarme, serás la primera en caer.
La noticia del fraude estalló en los medios antes del mediodía. En la sala de juntas, el consorcio era un cadáver político. Octavio, solo y despojado de su autoridad, vio cómo Julián entraba en la sala, no como el yerno servil, sino como el nuevo dueño del legado familiar. La guerra de los precios había terminado, y el tablero de poder había sido reescrito por completo.