El Precio de la Verdad
El taller de Javier no era un refugio; era una tumba con fecha de caducidad. El aire, cargado de ozono y el olor metálico de la desesperación, se volvió irrespirable cuando el archivo de purga se proyectó sobre la mesa. No eran datos; era la sentencia de muerte de su familia, ejecutada por un algoritmo de eficiencia.
—No fue un accidente, Kaelen —la voz de Javier era un crujido de metal viejo—. Tu familia no murió por mala suerte. Fueron números en un balance contable. La Torre los borró para ajustar el déficit del sector.
El suelo retumbó. No era el temblor habitual de la estructura, sino el impacto seco de botas de acero reforzado. El sistema de seguridad de la Torre acababa de sellar el sector. Tres drones de élite, con sus chasis pulidos reflejando la luz de emergencia, irrumpieron en el taller. Sus sensores escarlata se fijaron en la firma de energía anómala del mech de Kaelen.
Kaelen se lanzó hacia la cabina. Su sistema, una interfaz fracturada que exigía dolor a cambio de potencia, lanzó una alerta roja: [Nivel de riesgo: CRÍTICO. Deuda acumulada: 84% de integridad estructural]. Sin dudar, Kaelen sobrecargó el núcleo térmico. El taller se convirtió en una trampa de plasma. Los drones se desintegraron, pero el costo fue inmediato: el chasis de su mech se fracturó con un crujido que le resonó en los dientes.
—¡No hay salida limpia! —rugió Javier, bloqueando la compuerta de servicio mientras el cronómetro proyectado marcaba 04:12—. Si intentas la compuerta principal, te harán chatarra. Toma esto.
Javier le entregó un chip de datos: la última pieza de memoria de su padre.
—Es el código de acceso a la sub-red del administrador. Si te fusionas con el núcleo, si dejas que el sistema tome el control, podrás sobreescribir el bloqueo. Pero el precio es alto. Podrías no volver a ser tú mismo.
Javier activó el sellado de emergencia desde el lado equivocado de la puerta. El mentor se quedó atrás, bloqueando el avance de los refuerzos con su propio cuerpo. El estruendo de la compuerta selló el destino de ambos. Kaelen, solo en el pasillo, sintió cómo su mech se desmoronaba mientras el nivel colapsaba físicamente.
El sistema vibraba con una urgencia eléctrica: 00:42 para el colapso total. La interfaz proyectó una geometría imposible, una arquitectura que parecía sangrar luz blanca. Una propuesta se grabó en su retina:
[PROCESO DE FUSIÓN: IA DE TORRE (NÚCLEO) + PILOTO (ANOMALÍA)] [COSTO: SOBRESCRITURA DE IDENTIDAD / PÉRDIDA TOTAL DE MEMORIA LÍMICA]
Kaelen miró el chip de su padre, luego el abismo que se abría a sus pies. La Torre quería su historia. Con un grito que no llegó a articularse, Kaelen hundió el chip en el puerto de interfaz. El dolor fue absoluto, una descarga que devoró los rostros de sus padres, el calor del taller de Javier y el nombre de su hogar, reemplazándolo con una frialdad matemática. Su mech, integrado con la IA, dejó de ser una máquina para convertirse en una extensión de su voluntad.
Kaelen emergió de entre los escombros en la zona intermedia. El metal de su armadura brillaba con un pulso rítmico, inhumano. Ya no era un chatarrero; era una anomalía armada, un fugitivo que conocía el camino hacia el corazón de la Torre. El administrador aún no lo sabía, pero el error que intentaron borrar acababa de ganar acceso al sistema central. La verdadera caza apenas comenzaba.