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Chapter 7: La caída del peón

Adrián acorrala a Varga en su mansión, forzando la confesión sobre el verdadero líder del consorcio 'Dragón Dorado': Alejandro Valois. Con Varga arruinado y expuesto, Adrián toma posesión de sus activos, marcando el inicio de una guerra a mayor escala contra la élite intocable.

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La caída del peón

El estudio privado de Julián Varga apestaba a papel quemado y a la amargura de un imperio que se desmoronaba en tiempo real. Afuera, los ecos de la gala de los Valerius seguían resonando, pero aquí, el silencio era absoluto, pesado como una lápida. Varga, el hombre que hace apenas una hora dictaba el destino de las licitaciones de la ciudad, se desplomó sobre su escritorio de caoba. Sus dedos, antes hábiles para cerrar tratos que arruinaban familias, ahora temblaban con una parálisis impropia de un magnate.

Adrián Valerius permaneció en la penumbra, una silueta que parecía absorber la luz de la estancia. No hubo gritos, ni amenazas vacías. Adrián no necesitaba elevar la voz cuando la realidad misma se encargaba de dictar la sentencia.

—El consorcio no perdona el fracaso, Adrián —gimió Varga, con los ojos inyectados en sangre—. Si hablo, mi vida dejará de existir antes del amanecer. Me has quitado el hospital, has expuesto mis cuentas ante la élite… ¿qué más quieres de este cadáver?

Adrián dio un paso al frente, el sonido de sus zapatos sobre el mármol fue el único ruido en la habitación. Cada activo que Varga había perdido, cada firma digital que Adrián había invalidado con la deuda oculta, era un clavo más en el ataúd de su influencia.

—No quiero tu vida, Julián. Quiero la llave que abre la puerta de tus amos —dijo Adrián, su voz carente de cualquier rastro de emoción—. Me has entregado tus activos y tu lealtad forzada. Ahora, entrégame el nombre.

Varga soltó una carcajada seca que degeneró en un ataque de tos. Con manos erráticas, señaló un archivador de seguridad oculto tras un panel de madera falsa.

—¿Crees que yo orquesté esto? Yo solo era el filtro. El dinero, las licitaciones, el Hospital Central… todo era para alimentar a la verdadera bestia. Si me destruyes, solo estás limpiando la entrada de una madriguera que ni siquiera puedes imaginar. El hombre que sostiene el consorcio no es un hombre, es un pilar. Su nombre es Alejandro Valois.

El nombre golpeó el aire como un disparo. Valois. El arquitecto de las sombras. Adrián sintió un breve destello de tensión; el tablero acababa de expandirse. Varga se desplomó, despojado de su última defensa, un peón que ya no tenía propósito en el juego.

Al salir de la mansión, el aire gélido de la noche le golpeó el rostro. Elena de la Vega lo esperaba junto a un sedán oscuro. Al escuchar el nombre de Valois, ella palideció, pero su espalda se tensó con una resolución férrea.

—Valois es intocable —murmuró ella, apretando el bolso—. Él controla el pulso mismo de esta ciudad.

—Entonces cambiaremos el ritmo del pulso —respondió Adrián, subiendo al vehículo.

Esa misma noche, con la firma de Varga aún fresca en los documentos de transferencia, Adrián tomó posesión oficial de la sede corporativa del magnate. Mientras observaba la ciudad desde su nueva oficina, Adrián sabía que la caída de Varga era solo el primer dominó. La guerra contra Alejandro Valois apenas comenzaba.

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