Chapter 4
El cronómetro sobre la pantalla de mantenimiento marcaba 08:42:15. El tiempo no era un concepto abstracto; era un pulso eléctrico que devoraba la existencia de Elena Valdés bit a bit.
Elena se arrastró por el conducto de ventilación, con los codos sangrando contra el metal galvanizado. El aire, cargado de ozono y polvo, le quemaba los pulmones. Debajo, en el pasillo de oncología, las botas del equipo de seguridad de Rivas resonaban con una cadencia militar.
—Cierren el ala norte —la voz del jefe de seguridad se filtró por las rejillas, distorsionada y gélida—. El doctor Rivas quiere que la paciente Valdés sea borrada del sistema antes del cambio de turno. Si la encuentran, no la escolten a Recursos Humanos. Simplemente, asegúrense de que no salga de aquí.
Elena se detuvo, conteniendo el aliento. El peso de la unidad flash en su bolsillo izquierdo era su única ancla a la realidad. Su hermano, postrado en la unidad de cuidados intensivos, dependía de los suministros que Rivas controlaba. Si ella caía, él desaparecía con ella.
Se desvió hacia una terminal de mantenimiento oculta tras un panel de servicio. Sus dedos, entumecidos por el frío, conectaron el dispositivo. La pantalla de su teléfono, un destello azul en la penumbra, recibió un mensaje de Luz: «Rivas sabe que el sabotaje vino de tu sector. No puedo ocultarte más tiempo. El servidor de respaldo es tu única salida, pero el precio ha subido: Rivas está vinculando los expedientes de todos los empleados a los errores clínicos. Si descargas esto, mi nombre cae contigo. Destruye el registro de mi departamento y te daré la ruta de escape».
Elena tecleó con una urgencia febril. «Dámelo. No tengo nada más que perder».
El archivo se transfirió con una lentitud agónica. Mientras la barra de progreso avanzaba —15%... 25%—, el hospital comenzó a vibrar. El protocolo de cierre de seguridad estaba sellando las salidas físicas. Elena se arrastró hasta el estudio de transmisión en vivo, un espacio diseñado para la propaganda hospitalaria, ahora un santuario de servidores zumbantes.
—Demasiado tarde, Elena —la voz de Rivas, amplificada por los altavoces del estudio, carecía de cualquier rastro de humanidad—. Mira tu teléfono. He enviado la ubicación de tu hermano a los hombres que lo buscan. Si presionas 'publicar', su sangre será tu responsabilidad.
La carga alcanzó el 40%. En el monitor lateral, Elena vio cómo sus cuentas bancarias se vaciaban y su identidad digital era reemplazada por un historial criminal fabricado. El hospital no solo la vigilaba; la estaba borrando del mapa en tiempo real.
Fue entonces cuando, entre los archivos, encontró el registro completo de la paciente 402. No fue negligencia. Fue un ensayo clínico no autorizado sobre pacientes vulnerables, un experimento donde Rivas utilizaba cuerpos reales para calibrar fármacos experimentales. La evidencia era irrefutable.
Intentó cerrar la sesión para proteger el archivo, pero la pantalla se tornó roja: «Acceso denegado. Error administrativo: usuario inexistente». Su identidad civil había sido eliminada. Elena estaba sola, sin nombre, con la carga a medias y el tiempo agotándose. El sistema la había expulsado, y ahora, el hospital entero venía por ella.