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Chapter 10: La verdad en el agua

Julián logra completar la descarga de datos críticos justo antes del corte de energía provocado por Méndez. A pesar de que el servidor se apaga al 99%, la transferencia se confirma en su dispositivo personal, exponiendo la verdad sobre el paciente 8892 a través de los dispositivos de los presentes en el hospital.

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La verdad en el agua

El zumbido del servidor principal, una frecuencia metálica que parecía taladrarle los dientes, era el único sonido que competía con el martilleo en las sienes de Julián. La pantalla del terminal mostraba la barra de progreso estancada en un 97%. Tres puntos porcentuales lo separaban de la ruina absoluta o de la verdad pública.

—Detenlo, Varela. Si tocas esa tecla de anulación ahora mismo, quizás pueda convencer al Ministerio de que solo fuiste un empleado confundido —la voz de Méndez era una caricia gélida, desprovista de cualquier rastro de humanidad. El Director estaba a dos metros, con la mano apoyada en la empuñadura de un arma oculta bajo su americana impecable. A su lado, un guardia de seguridad bloqueaba la única salida, con los nudillos blancos de tanto apretar su porra.

Julián sentía el sudor frío bajando por su espalda, mezclado con la humedad que goteaba desde el techo. La lluvia de afuera, implacable, era un enemigo infiltrado. Cada gota que impactaba contra los paneles superiores provocaba un cortocircuito intermitente en las luces fluorescentes, parpadeando con un ritmo agónico. Julián no respondió. Sus dedos, entumecidos, se movieron sobre el teclado para forzar una retransmisión de paquetes mediante la clave de Elena.

—Mi familia no es moneda de cambio, Méndez —siseó, activando la alarma de incendio manual.

El estruendo de la sirena fue seguido por el siseo violento de los aspersores. El agua, conductora y traicionera, empezó a filtrarse por las grietas del techo falso, provocando chispas violetas que bailaban sobre los cables expuestos. El caos estalló. El guardia se abalanzó sobre él, pero Julián, usando el entorno como arma, empujó al hombre hacia una unidad de distribución eléctrica que humeaba peligrosamente. Un arco de luz cegadora estalló en la sala; el guardia se desplomó, convulsionando antes de quedar inerte.

Julián, con el costado derecho ardiendo por el impacto contra la consola, vio el 98% en la pantalla. El aire era una mezcla ácida de ozono y plástico derretido. Méndez, viendo que la situación se le escapaba, tomó la decisión drástica: ordenó el corte de energía total del hospital para forzar el apagado de los servidores antes de que la descarga alcanzara el 100%.

—¡No dejarás que esto salga! —bramó Méndez, intentando alcanzar el cable principal de alimentación mientras la sala se hundía en una penumbra espectral.

Julián se lanzó sobre él, forcejeando en la oscuridad. El zumbido de las máquinas, un sonido que había definido su vida durante las últimas horas, se detuvo de golpe. El silencio que siguió fue absoluto, un vacío que le cortó la respiración. La pantalla de la terminal, que parpadeaba en un verde agónico, se quedó congelada en un 99% antes de apagarse por completo.

Julián cayó al suelo, con el pecho agitado. El hospital entero se sumió en la oscuridad, un ataúd de concreto y acero. A través de la ventana del pasillo, vio cómo las luces de emergencia comenzaban a parpadear, pero el servidor estaba muerto. La descarga se había detenido al 99%. La desesperación lo envolvió, fría y pesada.

De repente, su teléfono, conectado a la red externa, vibró en su bolsillo. Una notificación iluminó su rostro ensangrentado: 'Transferencia completada. Archivos distribuidos'.

Julián se levantó, tambaleándose hacia el pasillo principal. Los guardias venían por él, pero a través de las ventanas de las habitaciones de los pacientes, empezó a ver un resplandor inusual. Los teléfonos de médicos y pacientes se iluminaban simultáneamente, una red de pequeñas pantallas brillando en la oscuridad con la noticia de la sobredosis del paciente 8892. El secreto estaba fuera, pero Julián estaba acorralado en el pasillo, con la seguridad cerrando el cerco a pocos metros. La verdad era libre, pero su vida pendía de un hilo.

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