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Chapter 11: La implosión

Tomás logra inyectar el archivo fuente en el feed, exponiendo la corrupción de Vera Ledesma en vivo. Mientras el estudio colapsa, Tomás rescata a Mara de la zona de impacto, pero al escapar, descubre que el relicario ha iniciado una nueva cuenta regresiva, confirmando que la amenaza no ha terminado.

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La implosión

El zumbido de los servidores no era un sonido, era una sentencia. En la cabina técnica, el aire se había vuelto irrespirable, cargado con el olor a ozono y el plástico quemado de los cables que se derretían bajo la sobrecarga. Tomás Varela observó el cronómetro del sistema: 09:42. Nueve minutos y cuarenta y dos segundos antes de que la estructura del edificio, debilitada por el sabotaje, colapsara sobre ellos.

Iker Salcedo estaba acurrucado contra la consola principal, con las manos temblorosas sobre el teclado. Había bloqueado la puerta con una brida industrial.

—Vera ha cerrado las esclusas, Tomás —dijo Iker, su voz apenas un susurro ahogado por el estruendo de las vigas cediendo en el estudio—. Si sales, te matarán. Ya no eres nadie aquí. Tu acceso, tus cuentas, tu nombre... todo ha sido purgado.

Tomás no respondió. Su teléfono, inerte, era un recordatorio de su aislamiento. En los monitores, la transmisión en vivo mostraba a Mara Ríos. Ella no huía. Estaba de pie, frente a la cámara, mientras las imágenes de la implosión de hace diez años —la verdad que Vera Ledesma había enterrado bajo décadas de mentiras— se filtraban en el feed nacional. La audiencia subía, una marea de indignación digital que no podía ser detenida.

Tomás tomó un servidor pesado del rack. Sin una palabra, lo estrelló contra el cristal reforzado de la cabina. El impacto resonó como un disparo. El vidrio se fracturó en una red de telaraña blanca. Con un segundo golpe, el panel cedió. El aire exterior, cargado de polvo de yeso y el caos del estudio, lo golpeó con una fuerza física.

—¡Mara! —gritó, saltando sobre los restos cortantes del cristal.

El estudio era un organismo en agonía. Las pantallas gigantes parpadeaban con estática roja. Mara lo miró, sus ojos fijos en la lente, ignorando la viga de iluminación que se desplomaba a pocos metros de su mesa.

—La gente está viendo, Tomás —dijo ella, con una calma que le heló la sangre—. Por primera vez, no hay guion.

—La gente verá cómo te aplastan si no sales ahora —respondió Tomás, arrastrándola hacia el pasillo de backstage.

Una sombra surgió entre los escombros. Vera Ledesma, con el rostro desencajado y una barra de seguridad, bloqueó el paso. Su mirada no estaba en el colapso, sino en el relicario que colgaba del cuello de Tomás.

—Eso no te pertenece —escupió Vera—. Es un registro que debió morir con tu padre.

Tomás sintió el calor del relicario contra su pecho; vibraba con una intensidad febril. Sin dudar, lo presionó contra el panel eléctrico expuesto a su derecha. Un arco voltaico azul cegó a Vera, y el sistema de seguridad de la puerta de emergencia se desactivó con un siseo hidráulico.

Tomás y Mara cruzaron el umbral justo cuando el techo del estudio se desplomaba en un estruendo de metal y concreto. Corrieron por los pasillos, esquivando escombros, hasta que la puerta trasera se abrió hacia el aire frío de la noche.

Ya en la calle, mientras las sirenas de los bomberos se acercaban, el silencio del exterior fue más ensordecedor que el caos. El edificio ardía, una pira funeraria de mentiras expuestas. Tomás se desplomó contra un contenedor, con el pecho ardiendo. Sacó el relicario. El metal, antes rígido, se sentía ahora como algo vivo, casi líquido. La pantalla, que debería haberse apagado tras la filtración, brillaba con una luz nueva.

Una fecha parpadeaba en la oscuridad. Una cuenta regresiva que no se detendría con el incendio. El juego no había terminado; apenas estaba cambiando de escenario.

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