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Chapter 5: El banquete de los lobos

Julián consolida su control sobre el bloque comercial y humilla públicamente a Salcedo, obligando a sus inversores a desertar. Utiliza a un infiltrado para tender una trampa final a Salcedo, preparando el terreno para su desmantelamiento definitivo.

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El banquete de los lobos

El aroma a mantequilla tostada y romero fresco, el alma del Varga, flotaba en el salón principal como una declaración de guerra. Julián Varga observaba desde la penumbra de la barra cómo la élite de la ciudad, los mismos que hace una semana brindaban por su desahucio, ahora se disputaban una mesa con la desesperación de náufragos. El estatus, en esta ciudad, era una moneda que cambiaba de manos con la velocidad de un parpadeo.

Elena, con el uniforme impecable pero las manos aún temblorosas, se acercó a él.

—Están todos aquí, Julián. Los Salcedo, los directores de banco, los que firmaron la orden de embargo —susurró, con los ojos fijos en la puerta—. Siento que estamos caminando sobre una cuerda floja. Si esto es una trampa, no tenemos a dónde caer.

—No es una trampa, Elena. Es una rendición —respondió él, sin apartar la vista de la entrada. Su voz, carente de cualquier rastro de duda, era el ancla que ella necesitaba.

La puerta principal se abrió con un golpe seco. Ricardo Salcedo entró, pero no como el magnate que solía dictar sentencias en las subastas. Su traje, impecable como siempre, no lograba ocultar la rigidez de sus hombros. Al ver el restaurante lleno, su rostro se contrajo en una mueca de incredulidad. Intentó avanzar hacia el centro del salón, buscando el reconocimiento de sus antiguos aliados, pero el silencio que lo recibió fue más devastador que cualquier insulto. Los inversores, al notar su presencia, giraron sus sillas con una sincronización casi mecánica, negándole el saludo.

Julián se interpuso en su camino antes de que pudiera llegar a la mesa principal. No hubo gritos, solo una distancia calculada que obligó a Salcedo a detenerse.

—El aforo está completo, Ricardo —dijo Julián, su tono bajo y gélido—. Y este lugar ya no admite buitres. Tu tiempo de licitar sobre las ruinas de otros terminó.

Salcedo, con los ojos inyectados en sangre, intentó mantener la compostura. —Esto es un teatro, Varga. Mañana, cuando la fiscalía revise tus documentos, este lugar será un estacionamiento.

—La fiscalía ya tiene los documentos —replicó Julián, entregándole un sobre sellado con el emblema de la notaría—. Pero no los que tú crees. Los que prueban quién autorizó el desvío de fondos del catastro municipal. Sugiero que te retires antes de que los invitados decidan que tu presencia es un riesgo para sus propios negocios.

Salcedo abrió el sobre, leyó el contenido y su rostro perdió todo rastro de color. Dio media vuelta, derrotado por la evidencia que él mismo había dejado al descubierto en su arrogancia.

Minutos después, en el reservado, Julián se reunió con Esteban Valdés, el financista que había sido el pilar de la fortuna de Salcedo. Valdés, sudando frío, jugueteaba con su reloj de oro.

—Salcedo está acabado, Valdés —sentenció Julián, dejando sobre la mesa el archivo de contabilidad original—. La pregunta no es si caerá, sino quién de ustedes caerá con él. Si quieres mantener tu posición en el bloque comercial, tu lealtad debe cambiar de manos hoy mismo. No hay una segunda oportunidad.

Valdés miró el documento, reconociendo la firma del director de catastro. Asintió, derrotado. La grieta en el bloque de poder de Salcedo era ya una fractura irreparable.

Al final de la noche, mientras el restaurante se vaciaba, Julián interceptó al joven encargado de la estación de salsas, un infiltrado que Salcedo había colocado para sabotear la cocina. Julián le puso una mano en el hombro, una presión que el joven sintió como una sentencia.

—Dile a tu patrón que sabía de tu presencia desde el primer día —dijo Julián, con una calma que aterrorizó al muchacho—. Úsalo para engañarlo. Dile que he aceptado una reunión privada mañana al amanecer. Y asegúrate de que crea que estoy solo.

El joven salió huyendo, convertido en el peón involuntario de la caída final de Salcedo. Julián observó cómo la ciudad, desde la ventana, comenzaba a reordenarse bajo su nueva influencia. El tablero de poder estaba siendo reescrito, y el Varga era, por fin, el epicentro de la nueva jerarquía.

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