Identidad reclamada
El zumbido de las cámaras al otro lado del portón de hierro de la mansión Varela no era un sonido; era un recordatorio de que la privacidad, para alguien como Julián, era un lujo que se agotaba. Elena observaba desde el ventanal del despacho cómo los reporteros, como una marea negra, se agolpaban contra la verja. La noticia del arresto de Ricardo Morales por fraude y conspiración había estallado, y con ella, la sospecha de que el compromiso de los Varela era una construcción de papel.
—Tienen el borrador del contrato —dijo Julián, su voz carente de la frialdad habitual. Estaba de pie junto a ella, observando el caos. No buscó tocar
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