Bajo la lluvia de neón
El agua helada de la tormenta golpeaba el asfalto del Distrito Central, pero el frío que le recorría la espina dorsal a Elena era otro. Frente a sus ojos, el holograma de su implante proyectaba una cuenta regresiva que latía al ritmo de su pulso: 98:42:15. Cada segundo era una gota de sangre drenada del patrimonio de su familia. En el túnel de servicio, el eco metálico de las botas de los agentes de la Dirección resonaba con una precisión quirúrgica; estaban cerrando el perímetro. Elena se detuvo bajo una tubería oxidada que soltaba un goteo constante de aceite. Sus dedos, entumecidos, t
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